«Es muy útil poner nombre a las violencias para poder detectarlas y erradicarlas»

Entrevista a Yolanda Domínguez, artista visual, investigadora y comunicadora especializada.

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Entrevista a Yolanda Domínguez, artista visual, investigadora y comunicadora especializada en la intersección entre cultura visual, tecnología y poder. 

Entrevista realizada por Elisa McCausland.

De un tiempo a esta parte, la violencia de género digital ha pasado de ser una realidad invisible a una «nueva forma de violencia de género» que se ha de tener en cuenta a todos los niveles, incluidos el profesional y el institucional. Desde tu punto de vista, ¿qué ha suscitado este cambio en el último lustro? ¿Cuáles serían las manifestaciones más comunes de este tipo de violencia? 

Es lógico que en el lugar en el que hoy llevamos a cabo la mayor parte de nuestra actividades —ocio, trabajo, relaciones personales— aparezcan las mismas problemáticas que nos encontramos en el espacio físico, y la violencia machista es una de ellas. La tecnología facilita todavía más las agresiones machistas, ya que los hombres no se tienen que desplazar para ejercerla. Es tan sencillo como escribir o compartir contenidos en un foro o activar una aplicación de vigilancia; acciones amparadas, además, por la impunidad que ofrece el anonimato en Internet. No es una nueva forma de violencia, sino un nuevo canal para ejercerla. En los últimos años se ha ido creando una mayor conciencia social, más concretamente desde la actualización del Pacto de Estado contra Violencia de Género en 2025, que recoge la violencia digital como una de las violencias machistas que hay que combatir, junto a la violencia vicaria y la violencia económica. Es muy útil poner nombre a las violencias para poder detectarlas y erradicarlas.

La manifestación de esta violencia puede ser mediante ataques privados a mujeres por parte de parejas o exparejas, a través del control, el acoso, el chantaje… O ataques públicos, cuando esos contenidos y vejaciones se realizan en plataformas donde todo el mundo puede ser testigo de las mismas. También se dan ataques a mujeres con una voz y presencia públicas; estas agresiones tienen un componente individual y un objetivo colectivo hacia todas las mujeres, que es amedrentarnos y expulsarnos de la participación pública en un lugar tan estratégico como es Internet.

Hablamos de un espacio, el virtual, donde esta violencia de género está afectando a colectivos vulnerables, como el adolescente. ¿Qué diagnóstico haces de la situación presente de este tipo de violencia en la adolescencia? ¿Qué herramientas pueden ofrecerse a día de hoy a las nuevas generaciones de mujeres para su detección? 

La adolescencia es un grupo vulnerable porque no son conscientes de la manipulación que existe detrás de todo lo que les llega a las pantallas. Tan solo por especificar uno u otro género a la hora de crear un perfil en una red social, los contenidos que aparecen son completamente diferentes. Los algoritmos de recomendación nos ofrecen contenidos estereotipados basados en roles de género. Esto implica que a un adolescente varón le llegarán con mayor probabilidad rutinas de ejercicios físicos, contenidos deportivos, de finanzas o de masculinidad y a las adolescentes rutinas de belleza, moda y estilos de vida. Eso condiciona su percepción del mundo y limita su percepción del mismo.

Además, los sistemas de control a través de dispositivos móviles se han incrementado exponencialmente en esta franja de edad. Por ejemplo, exigiéndoles a las parejas —sobre todo a ellas— estar localizables en todo momento mediante aplicaciones de seguimiento, hacer videollamadas para comprobar donde están e, incluso, dormir con la cámara activada durante toda la noche. Todos estos comportamientos no encajan con los valores de libertad e igualdad por los que hemos estado trabajando durante tantos años. Es necesaria la educación en el uso de las tecnologías, concienciación de sus peligros y, a su vez, una normativa que proteja debidamente a las personas en estos entornos, y en especial, a las menores de edad.

La presencia pública de las mujeres en el ágora es un buen termómetro de la salud democrática de un país. ¿Cómo está afectando la violencia de género digital, en combinación con otras estrategias más o menos coordinadas, en la participación de las mujeres en la esfera pública? 

Hay un silenciamiento y expulsión de las mujeres en la participación de ese nuevo espacio público que es el entorno digital. Por una parte, los algoritmos silencian todos aquellos contenidos que no generan engagement, es decir, que si creas mensajes positivos, que cuestionan el sistema, profundos o simplemente no eres joven y sexy, tienen muchas menos probabilidades de ser visible en la esfera digital. Eres penalizada con menos voz. Por otro lado, a aquellas mujeres que tienen eco y proyección en esa esfera digital se las ataca de manera organizada, a través de foros y bots. La consecuencia es que cada vez más mujeres se están auto censurando y abandonando ese ágora digital. Esto nos lleva de vuelta al pasado, cuando las mujeres no podían escribir o pintar ni ejercer cargos públicos. Antes porque no era legal, ahora porque está castigado. No podemos estar hablando de una democracia si las mujeres no podemos participar en la vida pública en las mismas condiciones que los hombres.

La violencia de género es una problemática de carácter estructural que necesita de una aproximación holística que haga partícipe a las diferentes disciplinas implicadas. ¿Qué compromiso desearías de las profesiones colegiadas en los temas de género,  también en esta materia en particular, la violencia de género digital? ¿Qué profesiones consideras que se han de implicar en su erradicación?

Es necesaria la formación en este aspecto en los centros de atención a las mujeres — donde encontramos profesionales socio-sanitarios dispuestas a acompañar— ; entre los profesionales jurídicos adscritos a la materia, y en la policía. Se trata de estar preparados para que, cuando una mujer acuda a denunciar, todos ellos sepan qué hacer e, incluso, para que les pregunten de manera preventiva por este aspecto, porque la mayoría no identifica la violencia digital como una agresión machista. Por ejemplo, hay hombres con una orden de alejamiento que en sus estados de WhatsApp ponen frases dirigidas a ellas para que sean vistas no solo por ellas, sino por todas las personas que tienen en común; esto es una forma de continuar agrediéndolas de una manera que, además, es visible para todo el mundo. Habría que incorporar en los cuestionarios de los centros de atención preguntas sobre la vida digital; pero, fundamentalmente, lo que más poder tiene a día de hoy es la ley, que se tiene que actualizar y debe regular ese entorno de la misma manera que lo ha hecho en el espacio físico.

¿Cuán importante consideras que es la perspectiva de género en el ámbito tecnológico, no solo para garantizar una igualdad real en el trato, también para aspirar a una transformación que implique contar con estructuras más justas? ¿Qué valoración haces de la normativa desarrollada hasta el momento a nivel europeo y cómo consideras que debería aplicarse a nivel estatal?

La perspectiva de género debería estar presente en el mismo diseño de las tecnologías, puesto que va a vertebrar las relaciones entre hombres y mujeres, y va a educar a los hombres y mujeres del futuro.  Lo que también se aplica a la Inteligencia Artificial, que está plagada de estereotipos sexistas. Los dueños de las cinco plataformas que dominan esta tecnología ya han declarado públicamente que están en contra de las políticas de igualdad y que no creen en ellas, ni las van a implementar. Asimismo, Estados Unidos penalizará a aquellas empresas que regulen o implanten mecanismos para asegurar la igualdad y protección de los grupos humanos vulnerables. ¿Qué podemos esperar de estas empresas? El problema añadido es que es imposible competir con ellas porque han acumulado demasiado poder, y cualquier alternativa tecnológica que aparece es rápidamente devorada. Por esa razón también es necesaria una legislación antimonopolio que permita una competencia justa entre las empresas tecnológicas.

Ahora mismo en la Unión Europea ya hay leyes diseñadas para regular este espacio a nivel europeo, como la DSA (Ley de Servicios Digitales) y la DMA (Ley de Mercados Digitales), pero no se han implementado a nivel nacional en los Estados miembro. Existe un miedo a las sanciones de Estados Unidos y, por otro lado, necesitamos un consenso político, también a nivel estatal, para poder aplicarlas. Por ejemplo, el proyecto de ley para aumentar a dieciséis años la edad para acceder a las redes sociales está pendiente de aprobar. No es lo ideal pero, mientras se trabaja para transformar ese espacio digital y que este sea realmente seguro, es una opción, sobre todo si enfocamos en las garantías del bienestar de los y las menores.

Recientemente has puesto en marcha, junto a la socióloga Patricia Vaquero, el proyecto caracara, igualdad digital, «una plataforma de acción social para transformar la convivencia digital». ¿Qué responsabilidad achacas a las plataformas y empresas tecnológicas en la (des)regulación de los discursos de odio? 

Tras el proceso judicial que viví siendo acusada por un youtuber por nombrar y señalar la violencia digital, he creado esta asociación para que no haya mujeres que pasen solas estos procesos. La motivación es crear grupos, pequeñas comunidades en las que poder encontrar ayuda y refuerzo. Nosotras queremos ofrecer información, apoyo y recursos. También crear proyectos relacionados con lo que ocurre en el espacio digital; proyectos que arrojen luz y pongan cara a todo aquello que no se ve. De momento, somos una comunidad pequeña, pero suficiente para ayudar a cualquiera de nuestras socias a que no se sienta sola frente a estas nuevas dinámicas de violencia machista.

Las plataformas son las responsables de lo que sucede en sus espacios y las que tienen la obligación y el poder de cambiar. No es posible hacer un «uso adecuado» de un sistema engañoso que está creado para engancharte a los pocos segundos y del que apenas puedes salir. Es a ellas a las que tenemos que exigir espacios seguros y transparentes.

Abogáis por una mirada hacia la tecnología ciertamente optimista al considerar que Internet puede resultar «un espacio de oportunidades y libertad para todas las personas». ¿Qué propuestas consideráis más urgentes y cuáles serían las políticas a implementar a medio-largo plazo para garantizar esa convivencia en las redes

Internet se creó con esa idea de ser un espacio abierto y democrático, y al principio sí lo era. Yo recuerdo compartir mis trabajos como artista en Youtube y dar la vuelta al mundo en pocas horas. También hemos visto movimientos sociales creados a partir del mundo digital, y voces que nunca se escuchaban y que han tenido una fuerte presencia dentro de ese entorno tuvieron su espacio. Pero, en los últimos años, Internet ha cambiado radicalmente: ya no es ese espacio donde todo el mundo es bienvenido, sino un lugar plagado de estereotipos, donde no existe libertad de expresión ni libertad de contenidos y, mucho menos, una democracia. Se ha convertido en el negocio de cinco hombres ricos que juegan con las personas, expanden el odio y nos enfrentan a unos contra otras. 

Es necesaria la regulación acompañada de una educación digital dirigida a la ciudadanía. Es necesaria una liberación de los algoritmos para poder acceder a una diversidad de información, y que exista un sistema de identificación de perfiles para estar protegidas frente a los delitos y evitar que haya empresas que posean millones de cuentas falsas para manipular la opinión pública. En resumen: priorizar el bienestar humano frente al monetario.

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