«Es importante percatarse del papel del conocimiento que las profesiones tienen sobre el campo en el que actúan»

Entrevista a Joan Subirats, catedrático y político. Ministro de Universidades (2021-23) y autor de La brecha entre saber y hacer (Anagrama, 2026).

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Entrevista a Joan Subirats, catedrático y político. Ministro de Universidades (2021-23) y autor de La brecha entre saber y hacer (Anagrama, 2026).


Entrevista realizada por Elisa McCausland y Esther Plaza Alba


¿Qué concepto de democracia estamos manejando en nuestro presente, y qué necesita el sistema democrático para recobrar confianza y credibilidad, sobre todo si entendemos que actualmente está en crisis?

Es un buen punto de partida. Una primera hipótesis nos lleva a entender la democracia básicamente como un sistema que permite mantener la legitimidad de aquellas personas que gobiernan un país, y que de manera periódica tienen que someterse a elecciones. De esta manera estaríamos reduciendo la democracia a una lógica básicamente electoral, legitimada periódicamente por la ciudadanía. 

Desde un punto de vista más general, y con la incorporación de la lectura que se hiciera tras la Segunda Guerra Mundial del concepto de igualdad  — lectura que, por otro lado, estaba implícita en el debate democrático de la época—, llegamos a una idea de dignidad innegociable, y que los poderes públicos deben garantizar para el conjunto de la ciudadanía. Siempre me gusta ponerlo de relieve a partir del artículo 92 de la Constitución Española, que no por casualidad es también el artículo 3 de la Constitución Italiana y el artículo 3 de la Constitución Alemana de 1947. Me estoy refiriendo a la idea de que los poderes públicos retiren los obstáculos que impiden que la libertad y la igualdad sean efectivas, señalando que no basta con proclamar la igualdad de la ciudadanía, sino que los poderes públicos han de tener un papel activo en la garantía de las condiciones de vida de la gente.

La hipótesis de mi ensayo, La brecha entre saber y hacer, es la idea de que si no se trabaja activamente desde las políticas públicas para conseguir que las promesas de la democracia sean algo efectivo, el distanciamiento de la ciudadanía en relación al sistema político aumentará. Esto sucede porque las personas no ven reflejado en el sistema político ni sus preocupaciones diarias, ni sus proyectos de vida. En este escenario tiende a reforzarse la idea de que el sistema político es un sistema de los políticos para los políticos, en el que solo hablan entre ellos y se acuerdan de la ciudadanía en época de elecciones, y lo que busco poner de relieve es que necesitamos hablar más de los resultados de las políticas, de la capacidad de conseguir cambios en la vida de la gente, porque si no estamos erosionando la parte que legitima el sistema democrático, que no solo tiene que ver con las elecciones, sino sobre todo con la capacidad de las políticas para ser más eficaces.


Nos ha sorprendido, para bien, que en la segunda página del ensayo se hable sobre cambio climático. ¿Consideras que esta problemática no puede abordarse sin la intersección entre la ciencia y la política?


Desde luego. Una de las cosas que cae como una losa sobre el sistema político, y que podemos decir que ya hemos asumido, es la emergencia climática. Lo notamos en nuestro día a día. Se trata de una asunción que pone en cuestión la idea del progreso continuo, el principio heredado de que siempre mejoraríamos nuestras condiciones de vida y que no habría límite alguno de crecimiento. Sin embargo, cuando uno empieza a investigar y ve que el primer informe del Club de Roma sobre cambio climático, Los límites del crecimiento, es del año 1972, y que de eso ya han pasado más de cincuenta años, a la misma vez que atendemos a los récords de temperatura del año pasado, etcétera, vamos empezando a asumir que hay algo de verdad en lo que los científicos nos llevan diciendo de manera reiterada desde hace mucho tiempo.

Nos hallamos ante una contradicción, entre el incrementalismo —que es algo que tradicionalmente ha hecho funcionar los sistemas políticos— y una situación en la que esa pretensión de mejora de las condiciones de vida viene condicionada por unos límites que la propia naturaleza y la propia explotación de recursos genera. Contradicción que tiene su reflejo en el sistema democrático, pues son las personas del mañana las que van a sufrir las consecuencias de las políticas que hoy se decidan. Como ejemplo cercano tenemos lo sucedido con la DANA del 2024, razón por la cual se debería ampliar la mirada y considerar la dimensión ecológica también como dimensión social.

Hay que entender que el cambio climático lo que hace es poner de relieve que no podemos seguir aislando unas políticas de otras, sino que tenemos que trabajar en una lógica de intersección, en donde lo social, lo ecológico, lo económico y lo político se relacionan entre sí. Una vez más, es cuando la ciencia podría ayudarnos a mejorar nuestro diagnóstico y nuestra capacidad de plantear y de definir bien los problemas, para poder también encarar mejor las soluciones a esos problemas.


Uniendo conceptos que se subrayan en tu ensayo, como la teoría de la complejidad, la necesidad de interconexión y también el procomún como estrategia, ¿cómo has visto la evolución, especialmente de este último concepto? ¿Crees que sigue albergando el mismo potencial que hace una década?


Creo que el procomún sigue siendo una herramienta útil hoy. Ocurre que la forma en cómo nos relacionamos con los conceptos depende del momento en el que los incorporamos a nuestro pensamiento y debate. En el momento en que hubo una crisis política significativa en España — crisis económica, movimientos sociales…— , el debate sobre lo público ganó en profundidad, y en matices. Entonces, el concepto del procomún funcionaba muy bien porque nos estaba advirtiendo de lo que podía pasar si reducimos lo público a aquello que solo forma parte de las instituciones públicas. La gestión de los bienes comunes o las cooperativas, que no pueden privatizarse ni gestionarse desde la administración pública, y que nos permiten entender que hay un protagonismo colectivo que no se agota en lo institucional.

Volviendo al principio de nuestra conversación, creo que en tiempos de crisis para la democracia tiene todo el sentido recuperar el concepto de lo común. No desde una lógica en la cual incorporamos a las personas como clientes o usuarios de las administraciones públicas, sino como parte del proceso de gestión de esas políticas. Y eso, evidentemente, también tiene que ver con la ciencia, y con el concepto de ciencia ciudadana que, en esencia, implica incorporar a la ciudadanía en la propia definición de un problema antes de que lo abordemos desde el punto de vista estrictamente analítico o científico, porque eso nos da más garantías. Como diría el filósofo Paulo Freire, se trata de incorporar saberes que permiten aumentar las posibilidades de implementación de las decisiones que tomemos. Las posibilidades aumentan porque la gente no es solo sufridora de las decisiones de otros, también ha formado parte del proceso por el cual se ha tomado esa decisión y, por lo tanto, de alguna manera son también protagonistas de ese proceso.

¿Podríamos considerar el conocimiento profesional dentro de dicha fórmula?

Totalmente. Es muy importante ver el papel del conocimiento que las profesiones tienen sobre el campo en el que actúan. Hay un libro que lo aborda, The Reflective Practitioner, de Donald A. Schon, centrado en cómo los profesionales de muy distintos ámbitos, formados en la teoría científica de cada uno de ellos, van incorporando saberes a partir de su propia práctica profesional. Esto les permite contribuir de manera muy significativa a la hora de redefinir problemas, de buscar mejores soluciones, precisamente, porque ellos han sido protagonistas de este ámbito. 

Cuando Paulo Freire habla de «saberes», se refiere a la idea del saber que implica la práctica cotidiana y constante. Eso es, la ciencia situada en la práctica profesional, el ir aprendiendo de esa práctica e ir corrigiendo elementos de quienes, por ejemplo, toman decisiones desde instancias alejadas de la realidad que no tienen en cuenta la dificultad de implementación. 

Creo que es muy importante percatarse del papel del conocimiento que las profesiones tienen sobre el campo en el que actúan.

Al considerar en tu ensayo la oportunidad que ofrece la «ciencia posnormal», nos gustaría acercarnos a la vertiente de esta como diálogo entre disciplinas, indispensable para poner en práctica el siguiente paso, la interdisciplinariedad.

El libro lo que quiere destacar es que cada vez es más difícil definir un problema desde una única disciplina. Lo que está ocurriendo es un aumento muy grande de la complejidad y de la afectación de unos temas a otros. Hubo un tiempo en el que sabíamos cuál era el problema, ahora lo que tenemos son «problemas malditos»  o «problemas complejos», que se caracterizan por relacionarse unos con otros, por entreverarse. Si a ello le añadimos que la administración pública funciona con competencias y la ciencia con segmentos, nos encontramos ante un diálogo complicado. O como reza el dicho: «La sociedad tiene problemas; la universidad, departamentos». Hay que entender, además, que los problemas de la gente son mezcla de elementos sociales, económicos, personales… En estos casos, la segmentación a partir de categorías que facilitaban una lógica de definición del problema es cada vez menos útil. La complejidad no deja de aumentar, y la dificultad de ese desenmarañar el problema desde una única lógica dificulta su solución. Lo vemos en temas como la soledad no deseada, la vivienda o la violencia de género. 

El concepto de interdisciplinariedad está ligado, a su vez, a los espacios de intermediación. ¿Cómo ves el ecosistema profesional, y Unión Profesional en concreto, como espacio de encuentro de disciplinas?

Creo que la idea de trabajar en una mirada que incorpore la complejidad a su día a día y que, por eso mismo, explore un concepto de profesionalidad que atraviese muchos ámbitos es muy interesante. Trabajar desde la lógica de reconocimiento de un saber experto basado en el ejercicio profesional, a la vez que se pone de relieve que la complejidad exige una mirada que incorpore y asuma esa complejidad como factor estratégico, obliga a adoptar una lógica interprofesional. Y podría pensarse que es algo contradictorio al pensamiento corporativo, pero es por eso que una mirada que vaya más allá de lo inmediato es imprescindible.

Asimismo, hay un espacio de intermediación todavía por crear, en el que, sin poner en cuestión la profesionalidad de unos y de otros, encontremos la mejor manera de relacionar varias esferas. En el libro cito a Henry Kissinger cuando asegura que una conclusión no es una decisión. Curiosamente, el campo de los científicos es el de las conclusiones, mientras que el campo de los políticos es el de las decisiones. Conclusiones y decisiones tienen que encontrarse, y ahí es donde la función de intermediación a la que aludís es especialmente significativa.

Tras la pandemia hemos entrado en una etapa de aceleración mediada por la tecnología. ¿Cómo ves el momento actual en el que pareciera que la verdad es una mera aspiración?

Llevamos mucho tiempo asistiendo a procesos de cambio muy significativos en muchos campos debido a la digitalización, que han afectado a lo que se entiende como «procesos de desintermediación». No es una evolución, sino una ruptura con las formas tradicionales de funcionamiento, sometidas a una aceleración inusitada. La tecnología digital ha entrado en todo tipo de campos con un nivel de disrupción muy rápido y profundo.
Estos procesos de desintermediación resulta que no están sometidos a regulación porque tienen un carácter global, lo que hace muy difícil poder controlarlos. Tenemos la Encíclica del Papa León XIV, una de las pocas autoridades globales que nos queda con capacidad de respuesta dada la crisis del multilateralismo en la que estamos inmersos.

La propia regulación de la Unión Europea en temas como la Inteligencia Artificial (IA) ha quedado ya desfasada por la aceleración del cambio. Una problemática muy grave, que exige la recomposición de la capacidad de regulación, pero, ¿estamos dispuestos? ¿Podemos? Nos encontramos atrapados en una situación de difícil salida. Sin duda, la mezcla de complejidad, crisis de la democracia, aceleración del cambio digital es un cóctel muy peligroso.

¿Cómo afecta la Inteligencia Artificial (IA) al ámbito profesional, estando de acuerdo en que la decisión final debe corresponder al profesional?

Es difícil responder ante un tema en el cual estamos sometidos a una alteración constante de las variables. Dicho esto, y con todas las cautelas, yo estaría totalmente de acuerdo con lo que habéis incorporado en la pregunta sobre la toma de decisiones en última instancia por parte del profesional. Es en este rol en el que se incorporan matices y se conocen elementos que no forman parte de la mezcla estadística de elementos previos, sino que se incorpora un saber experto determinado por la empatía y el conocimiento humano. 

Cabe preguntarse si el profesional será capaz de contradecir a la IA y tomar una decisión en sentido contrario, o se decidirá por jugar la carta más segura de darle la razón a la IA, a pesar de que su visión experta como profesional le aconseja incorporar otro matiz. Es ahí donde realmente está el tema. ¿Cuál es la salvaguarda que tienen los profesionales para incorporar su valor añadido en determinados momentos? Sin duda, se han de incorporar prevenciones y también protecciones del saber profesional ante ese saber maquinal. 



Nos gustaría finalizar haciendo alusión a tu vínculo pasado y presente con la universidad. ¿Cuál es tu visión sobre la institución hoy?


La idea de que la universidad es básicamente un proceso de transmisión de conocimiento, cuando hay tantas fuentes de conocimiento disponibles, exige replantear su papel. Más si cabe en tiempos de «soft skills» o «competencias blandas». Hablábamos antes de cuán necesario es el pensamiento crítico, experimentar en grupo y utilizar la serendipia, jugar con la casualidad… o lo que es lo mismo, salir de las lógicas tradicionales y redefinir un aula donde se trabaje mucho más en procesos de análisis y discusión, donde se incorpore la IA como un elemento a discutir y a poner en cuestión, buscando otras alternativas. 

Si la universidad quiere seguir funcionando como un sitio de reforzamiento de las capacidades de la gente y de preparación de esas personas para su labor profesional, tiene que cambiar sus parámetros de actuación y también tiene que reforzar la idea de formación a lo largo de la vida. La incorporación de las microcredenciales a las universidades es un elemento muy importante porque reconoce la actividad profesional y, al mismo tiempo, la formación académica no queda limitada a una determinada edad, sino que suma la idea de trayectoria vital y de formación como algo necesario de lo que la institución también puede, y debe, aprender. 

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