«El futuro en momentos de incertidumbre como los actuales dependerá de las decisiones que tomemos entre todos, inclusive las profesiones»

Entrevista a Cristina Monge, autora de Contra el descontento (Paidós, 2026) y La gran oportunidad (Tirant, 2025)

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La revista Profesiones entrevista a Cristina Monge, autora de los ensayos Contra el descontento (Paidós, 2026) y La gran oportunidad (Tirant, 2025) .

Entrevista realizada por Elisa McCausland y Esther Plaza.


Comenzamos la entrevista preguntándote a propósito de Contra el descontento y La gran oportunidad. ¿Te sientes cómoda en el ensayo? 
Me siento muy cómoda en el ensayo. Se trata de un género que te permite combinar el análisis con la reflexión, algo que ningún otro género te aporta. No me siento capaz de escribir una novela, me parece que es una de las cosas más difíciles del mundo. Sin embargo, el ensayo es un género que me permite combinar pensamiento y propuestas. Parto, además, de un planteamiento profesional: asumir que, quienes tenemos el enorme privilegio de poder vivir todos los días rodeados de libros, debates, cultura, reflexión, tenemos el deber y la responsabilidad éticas de, al menos, hacer el esfuerzo por buscar salidas a los problemas que vamos diagnosticando. Y eso es algo para lo que también es idóneo el ensayo. 

A punto de celebrar los quince años desde el estallido social del 15M al calor de las Primaveras Árabes, y tras tres lustros de una concentración de sucesos y acontecimientos especialmente significativos, tal y como recoge en los primeros compases de Contra el descontento, ¿dirías que el descontento ha aumentado? ¿La rabia ha cambiado de bando? ¿Qué evaluación rápida harías de este periodo?
La sensación de decepción está presente en aquellos que, hace quince años,se manifestaron y acamparon en Sol. Pensábamos que íbamos a asaltar los cielos, que íbamos a solucionar todos los problemas y, sin embargo, vemos que en la cima de las preocupaciones y de los problemas ciudadanos siguen persistiendo temas muy parecidos a los de hace quince años, como son la vivienda o la corrupción. Eso no significa que no se haya avanzado nada. Yo creo que se han hecho cosas importantes en estos quince años, pero hay otras cuestiones que, efectivamente, siguen sin resolverse. Las expectativas que se formularon fueron muy elevadas, y eso ha supuesto que la sensación de decepción sea más aguda. Junto a la decepción surge otro sentimiento, como bien exponéis: la rabia que, efectivamente, ha cambiado de bando. Hay quienes están recogiendo el descontento y la rabia, y lo que están buscando es cuestionar los valores de convivencia democráticos. Eso es lo que creo que ha cambiado, porque en esa rabia hay gente que, junto con la constatación de que muchos de los problemas que estaban permanecen, hacen una enmienda a la totalidad al sistema democrático, como si el sistema democrático fuera incapaz de solucionar esos problemas, cuando en realidad sabemos que las democracias son más efectivas que los sistemas autoritarios para solucionar los grandes problemas. Pero en estos momentos eso necesita ser demostrado y revalidado de cara a una parte importante de la ciudadanía.

El ensayista Cory Doctorow ha estado presentando en España su último trabajo, Mierdificación, y acudirá al I Encuentro Internacional por los Derechos Digitales en Barcelona. En una reciente entrevista aseguraba tener más esperanza hoy de la que ha tenido en mucho tiempo un cambio sustancial, dado que, a sus ojos, las crisis precipitan las transformaciones. 
Estoy de acuerdo. Llevamos mucho tiempo hablando de que hay que crear futuros más utópicos, pero no lo estamos haciendo. Dedicamos mucho espacio y mucho tiempo —y tiene que ser así—, a diagnosticar lo que nos está pasando, pero no dedicamos nada de tiempo ni de espacio a pensar cómo ha de ser el lugar al que queremos llegar, de tal manera que miramos hacia adelante y vemos un futuro apocalíptico. El cambio climático, la inteligencia artificial, los movimientos de personas, se aceleran a la vez en todas partes, por todo el mundo, tensionando las democracias. Hemos asumido que la realidad solo puede ser de una manera, y pareciera que estamos abocados a todo un elenco de colapsos, desde la catástrofe climática a la manipulación tecnológica, pasando por la distopía antidemocrática. Mi postura en este libro es que los seres humanos somos así, y debemos aceptarlo. El rumbo que tomen los grandes desafíos que tenemos por delante dependerá de aquello que se decida para cada uno de los aspectos de la vida. No creo que el futuro esté escrito, pero lo que sí debemos tener en cuenta es que si la política no resulta útil para resolver los problemas de la sociedad, se dejará de confiar en ella. La cuestión de fondo en todo esto reside en cómo ser capaces de diagnosticar bien y brindar un horizonte de futuro a esos descontentos. En ello estamos. 

En esa línea, la filósofa Victoria Camps propone en su último ensayo, La sociedad de la desconfianza, una solución muy sencilla para la desafección de la sociedad: Hacer lo que dices que vas a hacer; o lo que es lo mismo, que las promesas se cumplan. 
Coincidimos en el análisis. Uno de los grandes problemas que tenemos ahora mismo es la desconfianza generalizada en las instituciones, los agentes de intermediación, los medios de comunicación, los partidos políticos… En definitiva, en todo lo que suena a sistema. Ello implica cierta mirada de sospecha y, sí, hay que hacer lo que se dice que se va a hacer; pero eso nos lleva a ser cautos, todos sabemos que el problema de la vivienda no se puede resolver en tres años ni en cuatro que dura la legislatura. Implica un ejercicio de corresponsabilidad ciudadana que, creo, es la esencia de la propuesta de Victoria Camps, que a mí me gusta mucho y que también recojo en Contra el descontento.

Si hablamos de las consecuencias de la Modernidad, nos gustaría referirnos a lo que sentencia otro filósofo, Jorge Feire, autor de La banalidad del bien, quien subraya que «cortadas las cuerdas, el sujeto queda a la deriva». ¿Cuáles serían los anclajes al día de hoy para proporcionar esa estabilidad, ese bienestar que ahora mismo se pone en duda?
Esta duda sobre la estabilidad y el bienestar tiene lugar en un momento en el que en Europa tenemos las mayores cuotas de bienestar de toda nuestra historia. Es entonces cuando se da la gran paradoja: Estamos pensando en cómo todo esto se diluye, y la juventud nos interpela cuando les hablamos de bienestar porque ellos no lo están viendo así. Nos están haciendo creer que el futuro no existe; nos están haciendo creer que estamos abocados al colapso y que nuestro sistema de bienestar se va por el desagüe. Sin embargo, si todas las generaciones a las que se les ha dicho que no iban a cobrar pensión pública no las hubieran cobrado, estaríamos teniendo millones de muertos y hambre por las calles, y eso no ha sucedido.El bienestar del que todavía disfrutamos en Occidente —y, más concretamente, en Europa—  está perfectamente asumido, y hemos sido incapaces de ponerlo en valor. Creo que esa es una parte muy importante del problema. ¿Cuál es la gran promesa democratizadora? La lucha contra la desigualdad, es decir, por la equidad, la misma que hoy sigue estancada y persiste como gran reto de las democracias. Reconocido este hecho, no debe implicar dejar de poner en valor que en España, seas un ejecutivo hipermillonario de una multinacional o seas un pobre de solemnidad, tienes un problema de salud, acudes a un hospital público y te atienden exactamente igual. 

Complejidad es, junto a incertidumbre, una de las palabras clave de tu ensayo. ¿Hasta qué punto crees que hemos retorcido los temas relevantes y qué responsabilidad tenemos la sociedad civil organizada no solo de evidenciarlo, sino de transformarlo en oportunidades de bienestar?
Complejidad es una de las palabras del momento que llevamos mal. Diría que la incertidumbre es una palabra que llevamos todavía peor. Sobre todo, los occidentales. Vivimos en un mundo en el que necesitamos salidas, necesitamos soluciones en forma de respuestas rápidas e inmediatas. Estos dos conceptos unidos nos hablan de la multiplicidad de aspectos y posibilidades a abordar. También caminos, pues son múltiples los que podemos tomar a la hora de considerar un desafío.
En lo referido a la complejidad, necesitamos de todos los conocimientos disponibles trabajando a la vez para diagnosticar los problemas y ver por dónde avanzar, tanto en la complejidad como en la incertidumbre. Ello supone articular alianzas en las que las diferentes formas de ver la realidad, aquellas que componen el mundo del conocimiento, puedan ayudarnos a diagnosticar cuál es el problema. En el caso de la incertidumbre, hay que dejar de considerarla algo negativo, pues solo se trata de la advertencia de que no existe un único camino; nos indica que no estamos abocados al colapso ni al fracaso, sino que el futuro va a depender de las decisiones que tomemos. 

Queremos subrayar el papel que concedes al mundo del conocimiento en el futuro contrato social. Desde tu perspectiva, ¿cuál es el rol de las profesiones colegiadas y de los colegios profesionales?
El papel del conocimiento —y vosotros, Unión Profesional, como aglutinador— es clave. Sois fundamentales para cualquiera de los desafíos que tenemos ahora mismo sobre la mesa; también para poner en valor las múltiples posibilidades existentes y la complejidad de nuestro presente. Si queremos solucionar la cuestión de la vivienda, vamos a necesitar arquitectas, urbanistas, juristas, pero también inversores, antropólogos, sociólogas. Es decir, necesitamos todo el conjunto de conocimientos; necesitamos a todas las profesiones trabajando juntas. Para ello, hemos de poner todas estas voluntades y saberes al servicio de la transformación social, y eso es algo que el mundo del conocimiento no siempre asume. Y las necesitamos, a las profesiones y sus conocimientos, porque sin ellas no vamos a poder abordar los desafíos presentes y futuros. 

Cuando hablas de que la conversación pública se encuentra envenenada, vuelves a otorgar protagonismo al mundo del conocimiento, al mundo profesional. Subrayas la importancia del mundo experto y mencionas la deontología profesional. ¿Que podría hacer la comunidad profesional para que la sanación de la conversación pública suceda?
La lucha contra la desinformación es una de las vacunas fundamentales para evitar los problemas democráticos. Creo que debemos saber diferenciar el concepto de verdad, pues la verdad en democracia siempre es un terreno en disputa, y los hechos ciertos, que son aquellos sobre los que se construye la conversación pública y la idea de verdad. Entonces, el mundo de las profesiones y su comunidad es un mundo que trabaja con esos hechos ciertos, por lo que son absolutamente clave para plantear su defensa, pues son los hechos que nos permiten establecer discusiones y debates desde distintas perspectivas y que nos llevan a esa disputa por la verdad.


Hablemos de tu experiencia como presidenta de Más Democracia, asociación creada para mejorar la calidad de nuestro sistema democrático. ¿Qué es lo que ha podido pasar para que se dude sobre el que se ha calificado del mejor sistema del mundo?

Bueno, yo creo que esto no es nuevo y llevamos mucho tiempo hablando de este tema. En primer lugar, habíamos llegado a asumir, a creer en la idea de la historia como una  línea ascendente de progreso, ganando derechos y mejoras sociales y económicas. Hasta que llegó la crisis del 2008 y nos dimos cuenta de que eso no era así. Es verdad que el descontento y la decepción empiezan antes, pero en esa fecha ya se podían detectar signos de cómo los sistemas democráticos no consiguen generar el nivel de adhesión o el nivel de confianza que de alguna forma se les supone.
¿Qué ocurre? Se produce una ruptura muy importante del contrato social entre generaciones, y sobre todo con los más jóvenes. A estos últimos les habíamos dicho que si se formaban convenientemente, hablaban dos idiomas, salían del país y volvían bien formados, disfrutarían al menos del mismo nivel de bienestar que habían disfrutado en casa de sus familias. Ellos cumplieron su parte del trato, pero la otra parte no estuvo a la altura. Fue entonces cuando la idea de la historia como línea recta ascendente de progreso se truncó, y todo eso ocurrió mientras la ciudadanía percibía que el sistema en su conjunto, lejos de intentar dar una salida a ese problema, lo que hacía era intentar protegerse, escudándose en sus privilegios, lo que destruye una cadena de confianza que es muy difícil recuperar. 
El incumplimiento de las expectativas que las democracias occidentales habían creado ha traído desde entonces una serie de acontecimientos, entre los que también encontramos una ola reaccionaria que tiene mucho de respuesta a los avances en derechos producidos durante esta última década. Podemos decir que el sistema es, al menos formalmente hablando, democrático, ecologista y feminista. Cuando la reacción es contra todo ello podemos decir, efectivamente, que es debido a que se ha avanzado mucho. Lo que nos lleva a concluir que siempre que en la historia hay un movimiento fuerte de avance en derechos y libertades, hemos de esperar un cierto retroceso.

En este punto de la conversación nos gustaría tratar un concepto que puede ser interesante como herramienta para pensar el presente: la cultura del simulacro. Porque, quizá podemos considerarnos ecologistas, feministas y demócratas a nivel sistémico, pero podríamos decir que también de una manera simulada…
En muchos de estos temas el rey sigue estando desnudo, y tiene una narrativa como si no lo estuviera. Ocurre que estamos en un momento en que nuestra sociedad, en vez de preguntarse cómo hacerlo real, lo que hace es reaccionar contra esos principios. Es cierto que quizá haya sobrado cierto triunfalismo en cuestiones feministas o ecologistas. Probablemente oculte, o no deje espacio, para una mayor autocrítica, que también hace falta. Eso no debería, creo yo, llevarnos a obviar todo lo que se ha avanzado. Sí creo que debemos hacer un ejercicio permanente de equilibrio, de tal manera que pueda hablarse de simulacro cuando una idea no ha tenido un anclaje sólido con la realidad, pero que eso no opaque nunca los avances auténticos que se han conseguido a partir de la misma. Ese es un equilibrio que, efectivamente, habría que pulir más. Pero, lo que tampoco me parece coherente es que frente al discurso del rey está desnudo, lo que hagamos sea matar al rey. Lo que habrá que hacer es vestirlo.

Desde tu perspectiva, ¿qué consideras que las profesiones podemos hacer para que se nos tenga en cuenta, no solo cuando el desastre ha sucedido sino también en el momento de la prevención y de lo operativo?
No debería existir diferencia entre lo preventivo y lo operativo. Yo soy de la opinión de que la complejidad y las características de los problemas que tenemos hoy implican asumir que no lo va a resolver ningún actor por sí solo, los gobiernos tampoco. Ahora bien, los gobiernos tienen la legitimidad democrática para liderar el proceso. Pero se deberían crear los espacios y los dispositivos para que las profesiones, que generan conocimiento más abstracto, puedan buscar soluciones junto al conjunto de actores sociales, políticos y económicos. Dar cabida en lo institucional al mundo profesional, y romper la separación entre prevención y operación, porque no hay ruptura, se trata de un continuo.

Hablas igualmente de la necesidad de establecer estructuras y estrategias integrales de prevención y también de resiliencia en cuanto a eventos climáticos extremos como los recientemente sucedidos. ¿Cómo ves en este sentido el Pacto de Estado Frente a la Emergencia Climática?
Si se hace bien, es un ejemplo de lo que estamos hablando: un Pacto de Estado que se concibe no como un pacto institucional, sino como un pacto que comprende instituciones y el mundo profesional, es decir, el mundo del conocimiento, que alberga a todos sus actores y que estaría llamado a tener vocación permanente. No se trata de un documento que firmamos y nos vamos, sino que es un proceso en el cual se crean espacios a partir de objetivos comunes, compartidos. A mí me gusta hablar de resiliencia, de crear territorios resilientes para el desafío climático. Los territorios que tenemos no son resilientes a la crisis climática y la crisis climática nos dice que esos fenómenos extremos van a ser cada vez más recurrentes y más extremos. ¿Cómo gestionamos eso? Pues la única manera es incrementando la resiliencia territorial, que tiene que ver con la relación del territorio, pero también con el modelo económico y el urbanismo; con la sociología y la forma de vida de cada uno de los territorios. Todo este trabajo no lo pueden hacer solamente las instituciones, sino que necesitan del conjunto de actores. Creo que es una enorme oportunidad si se llegara a poner en marcha. 

En tu otro ensayo, La gran oportunidad, abogas por la transición ecológica. ¿Crees que se ha llegado a entender popularmente este concepto vinculado a la justicia social?
No, y por eso lo propongo en mi ensayo en clave de oportunidad. La transición ecológica, para que se pueda dar, tiene que ser justa, y no siempre se está planteando con criterios de justicia social. La idea de justicia social no es un planteamiento que se limite a las mejoras y la salvaguarda de la democracia. Lo que estoy planteando en ese libro es que, si la transición ecológica no se hace bien, el fracaso es capaz de llevarse por delante las democracias, por lo que se trata de aplicar la idea de justicia social a la transición ecológica, entendiéndose desde una perspectiva más completa y comprometida. Desde mi perspectiva, la transición justa es la única vía que garantiza que la transición ecológica se pueda llevar a cabo. 

¿Consideras, entonces, la transición justa como un paso intermedio para mejorar la democracia? 
Totalmente. La crisis climática deteriora las democracias, y la transición ecológica puede tomar diferentes caminos en función de uno u otro modelo ideológico. En función de qué camino tome, puede incrementar la desigualdad, las tensiones y los conflictos, y erosionar la democracia. O, por el contrario, puede ser una de las herramientas para ayudar a construir cohesión social.

¿Qué ágoras podemos incentivar para que estas herramientas no solo se presenten, sino también compensen, seduzcan… se ejecuten?
Durante mucho tiempo pensamos que la respuesta a la crisis de desconfianza institucional era una mayor participación. En ningún momento nos planteamos que eso pudiera ser tan solo una hipótesis, una que a día de hoy no está confirmada. ¿Por qué tiene que ser la participación lo que acabe con la crisis de desconfianza institucional? Quizá, en lugar de participación deberíamos empezar a hablar de deliberación, que es por donde yo camino ahora. Sabemos que hoy participan socialmente los mismos agentes que hace veinte años, ni uno más ni uno menos. Eso no es el conjunto de la sociedad y, en muchas ocasiones, los procesos participativos se utilizan o para cuestiones intrascendentes o para legitimar decisiones que ya están tomadas. Eso sí que es un simulacro, un auténtico simulacro. La hipótesis que yo estoy planteando ahora es la de la deliberación.

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