Artículo de Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política, director del Instituto de Gobernanza Democrática y titular de la cátedra Artificial Intelligence & Democracy en el Instituto Europeo de Florencia.
Se han escrito muchos libros acerca de si la democracia tiene futuro, tratando de responder a la pregunta de si va a sobrevivir y cuánto tiempo le queda, pero me temo que el problema no es ese, sino que la verdadera crisis de la democracia es la falta de futuro. ¿En qué sentido? Me refiero al tipo de genitivo que usamos cuando hablamos del futuro de la democracia. No se trata tanto de si la democracia tiene futuro sino qué futuro tiene la democracia, qué futuro nos ofrece: cuál es la relación que la democracia tiene con el futuro, en qué medida lo configura, anticipa, proyecta o teme, qué promesas, visiones e imágenes del futuro nos proporciona. No es tanto saber si la democracia sobrevivirá sino qué tipo de supervivencia nos promete; no el futuro que le espera a la democracia sino el que nos espera a nosotros en una democracia. Pero si lo examinamos bien, ambas cosas están vinculadas.
Muchos defectos de las democracias actuales tienen que ver con la mala calidad del futuro que proyectan. Un buen presente no basta para que la democracia resulte atractiva. Valoramos el presente según el futuro que nos espera. El modo como divisemos el futuro condiciona nuestro afecto a la democracia. Detrás de mucho desapego hacia ella no hay otra cosa que un futuro frustrado. Hay quien vota «contra el sistema» no por radicalismo democrático sino porque tiene unas expectativas de futuro pésimas, porque la política no le ofrece un futuro mejor. Las democracias suscitan expectativas y modos de relacionarse con el futuro, esperanza o precaución. La democracia tiene la función de articular futuros deseables y no puede vivir sin esa promesa. Esas «historias del futuro» pueden ser acogidas como más o menos realistas y verosímiles. Si esa promesa deja de ser plausible, también deja de serlo la democracia. Tarde o temprano la desconfianza respecto del Gobierno se convierte en desprecio al «sistema» para acabar siendo desafecto hacia la democracia.
No sé si el futuro era mejor antes, como aseguraba irónicamente Karl Valentin, pero hay muchos indicios de que nuestra relación con él es más problemática. La democracia está en crisis porque lo está su futuro y tal vez eso explique por qué resulta tan atractivo el pasado. La expresión más rotunda de esta ausencia de futuro es que el futuro prometedor consistiría para muchos en la recuperación de un pasado supuestamente glorioso; el futuro estaría realmente en el pasado. Son versiones de ese «futuro pasado» del que hablaba Koselleck. La frustración respecto del futuro se compensa retornando a un pasado político mejor o inmutable. Hay quien desea volver a un pasado en el que se tenía más futuro. Puede consistir en hacer que América vuelva a ser grande (again), en el Imperio británico antes de la Unión Europea (la global Britain), volver a la familia de antes o a la nación homogénea y colonial, a la masculinidad dominante e incuestionada. También se da una curiosa combinación de neoliberalismo y nacionalismo en esa nueva derecha que aspira a tener ambas cosas, mercado e imperio. Para todos ellos el pasado no es el prólogo, como decía Shakespeare en La tempestad, sino el epílogo.
Aunque se perciba a sí misma como progresista, tampoco la izquierda se relaciona demasiado bien con el futuro y apela a mantener el presente; sueña con que las cosas se limiten a no empeorar, mantener las conquistas sociales (del pasado), con un lenguaje literalmente conservador. Y a pesar de que se autodenomine transformadora, no hay futuro alternativo, sino una especie de futuro continuo, como mera prolongación o supervivencia. En la izquierda hay actualmente más resistencia que revolución.
Futuros (im)posibles
Que el futuro se haya convertido en algo imposible, sombrío y amenazante altera nuestras percepciones del cambio y el movimiento. Hasta los gurús de la tecnología se han vuelto colapsistas, reclamando moratorias o una más estricta regulación. La misma idea de movimiento, la exigencia de flexibilidad o la disposición a reinventarse se han convertido en una presión molesta y angustiosa tras la que no se ofrece ninguna mejora creíble. Las incertidumbres vinculadas a la disrupción generalizada no son compensadas por un objetivo deseable. Lemas como Hope (Obama) o En Marche! (Macron) parecen deseos voluntaristas de cambiar un estado de ánimo que apenas pueden modificar. La política, más que configurar el futuro, se dedica a reaccionar a los acontecimientos, como se pudo comprobar con las diversas crisis que hemos padecido en los últimos años.
Podríamos tomar esta cuestión del futuro como el elemento que mejor nos define políticamente. En última instancia, las diferencias ideológicas se basan en diferentes relaciones con el tiempo. La izquierda está preocupada por la desaparición del futuro, mientras que la derecha está más bien preocupada por la desaparición del pasado; la izquierda lamenta que el pasado tenga tanto peso en el presente (que intenta contrarrestar con la política fiscal o con la propuesta de la herencia universal, por ejemplo) y la derecha lamenta lo contrario (tratando, por ejemplo, de impedir que se revise el pasado con leyes de memoria).
En este contexto la nueva cuestión social es la de los futuros desiguales. Las grandes divisiones del presente son entre quienes tienen al futuro de su parte y quienes tratan de defenderse de él. La auténtica brecha social no es la llamada polarización sino el hecho de que unos, como la canción de Mick Jagger, pueden decir «el futuro está de mi parte» y otros no. Quienes están arriba de la escala social disfrutan de una proyección serena de porvenir. Ya no es el clásico conflicto distributivo acerca de la propiedad de dinero y bienes sino sobre quién tiene razón para esperar qué. Aunque ambas cosas estén relacionadas (suelen ser los económicamente más poderosos quienes tienen un mejor futuro),no son exactamente lo mismo los bienes presentes y los bienes futuros.
El futuro significa cosas distintas para las personas, en función de su edad y condición, a veces incluso contrapuestas. La discusión política es una confrontación de distintos futuros. Tal vez esto explique el resentimiento contra los migrantes, que son pobres de presente pero ricos de futuro, por parte de ciertos sectores de la población que son exactamente lo opuesto, favorecidos en presente y preocupados por el futuro. La tecnología parece amenazar las competencias adquiridas (en el pasado) y convertirnos en inútiles para el futuro. La brecha digital nos divide en función de nuestra capacidad de adaptarnos al nuevo entorno tecnológico. La economía distribuye futuros de una manera muy desigual: la inflación socava las seguridades de los cálculos económicos, los tipos de interés afectan de diferente manera a la capacidad de endeudarse de los diversos sectores sociales, la deuda pública es un mecanismo que contribuye a que el futuro sea asimétrico para los diferentes grupos sociales según la edad. La propiedad y el patrimonio no son simplemente una desigualdad en cuanto a la distribución, sino condiciones para disfrutar de una seguridad temporal en relación con el futuro (Duvoux 2023).
La estructura urbana también reparte futuros desiguales: la periferia en relación con el futuro se concentra en barrios, geografías vacías y lugares mal comunicados; la movilidad o el cambio climático no es lo mismo para todos; el aumento de las temperaturas afecta de distinta manera a unos trabajadores que a otros; que haya o no zonas verdes, piscinas públicas o refugios climáticos, buenos transportes colectivos, es necesidad para unos y gasto superfluo para otros.
Promesas democráticas creíbles
La solución a todo esto pasa por hacer creíble la promesa democrática de un futuro mejor y compartido. Un indicador de qué lejos estamos de un futuro igualitario y hasta qué punto lo hemos privatizado es el hecho de que en las encuestas se valore mejor la economía personal que la situación económica general, una percepción que puede compaginar optimismo personal con pesimismo colectivo. La privatización del futuro consiste en no esperar nada bueno en el plano colectivo y estar satisfecho con la propia situación,una actitud que pone de manifiesto, entre otras cosas, que hemos desvinculado nuestro destino individual del común y que hemos abandonado a su suerte a aquellos cuyo destino personal depende especialmente del destino de todos. Otra privatización del futuro se produce también cuando uno piensa únicamente en sus descendientes y se desentiende de cualquier obligación más amplia por que ese objetivo puede conseguirse sin reconfigurar las relaciones económicas y sociales, sólo a través de transferencias privadas.
Pero la democracia no es la mera agregación de futuros individuales sino la configuración de un futuro del que en buena medida dependen los futuros individuales,sobre todo de aquellos cuya única esperanza es que la política funcione bien. Se novela incluso sobre una élite tecnológica (Rushkoff 2022) que habría ideado el supervivencialismo», un plan para sobrevivir al apocalipsis, a la catástrofe que saben que se avecina, rompiendo las leyes de la física, la economía y la moral: los búnkeres insulares, el futurismo de la inteligencia artificial, vivir en el metaverso, irse a Marte, hacerse inmortal o implantarse chips en el cerebro para el autopotenciamiento (otra manera de pretender el abandono de la común condición humana).
La gran cuestión que debemos plantearnos es si podemos perseguir nuestro futuro privado sin prestar atención a los futuros comunes, sin ser conscientes de hasta qué punto ambas cosas están vinculadas. La idea liberal es que el Estado debe ocuparse de posibilitar el futuro privado, sin entender que, en la era de los destinos entrelazados y las amenazas compartidas, ni siquiera es posible la promoción personal sin el cuidado de ciertos bienes públicos. Para asuntos como el cambio climático, la salud pública o la seguridad no podemos garantizarnos privadamente la protección a la que tenemos derecho si no hay una estrategia compartida,pública y global de ciertos bienes comunes, es decir, de un futuro igualitario. Pensemos en el alcance que podría tener una defensa individual contra el cambio climático. Con el aire acondicionado, sin acometer compromisos públicos globales contra el cambio climático, lo único que nos aseguramos es una muerte más confortable.
El futuro no es solo un asunto individual o familiar, privado. La democracia es un procedimiento para hacer visible ese vínculo entre lo individual y lo colectivo negociando su articulación. En ella se lleva a cabo la distribución equitativa de futuros haciendo explícito el futuro en el que queremos vivir y los correspondientes derechos y deberes.
* El presente artículo está extractado del ensayo El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, 2026), de Daniel Innerarity.