Entrevista a Elsa Arnaiz, abogada y presidenta de Talento para el futuro. Autora de Suturar la democracia (Rosita y Amparo, 2026). Realizada por Elisa McCausland para Profesiones 222.
En tu ensayo, Suturar la democracia: Un alegato por lo común, hablas de la democracia como «un contrato moribundo» que hemos de «suturar» entre todos, con lo que demuestras que para ti todavía hay esperanza. Desde tu punto de vista, ¿cuáles serían las características de la democracia que hoy manejamos, y por qué está en crisis?
La idea la planteo en el ensayo desde la perspectiva, creo yo, optimista y sanadora de suturar una herida, porque no podemos hacer mucho más. Es cierto que el análisis de la situación actual de la democracia es muy crítico. Para mí el punto de partida, desde donde tenemos que empezar a sanar, o a suturar, es comprender que la democracia no es algo estático, sino que es algo que se va construyendo y reconstruyendo entre todas las partes, y que no se reduce a procesos electorales. No debemos olvidar que la democracia en la que vivimos actualmente, tal y como está concebida en la mayoría de países, es una socialdemocracia, es decir, un sistema democrático que viene de la mano de un Estado del bienestar, y que también ha crecido de la mano de un sistema económico capitalista. Si no entendemos esto, da igual lo que hagamos, no vamos a conseguir resolver los desafíos con los que lidia ahora mismo.
Abordas la suturación del sistema democrático con cierta esperanza, y lo haces desde la llamada de atención y la propuesta en un contexto social y económico en crisis que parece haberse extremado en los últimos tiempos.
Habitamos un contrato social moribundo. Al fin y al cabo, cuando tú vas a votar es una forma de renovar ese contrato. Dices, «vale, acepto las reglas del juego». ¿Qué ocurre? Que nosotros como ciudadanos estamos contribuyendo a esa firma, pero por la otra parte no está habiendo una actualización de los términos y condiciones a los requerimientos del siglo XXI.
A eso se añade que estamos en un momento de policrisis. Estas crisis están caracterizadas por ser crisis geopolíticas que acaban impactando en forma de crisis nacional; trascienden los meros términos económicos a la hora de ser percibidas e impactan en términos de condiciones de vida, —vivienda, capacidad de ahorro, condiciones del día a día…—, a lo que se le suma una capa de polarización y corrupción. Todo ello nos da un cóctel terrible porque, si no tomamos medidas para sanar este contrato moribundo, la única salida que se nos ofrece es que vengan unas nuevas fuerzas reaccionarias que le digan a la opinión pública que el sistema democrático no funciona.
Este análisis lo hago desde la crítica, pero también desde la esperanza, como apuntas en tu pregunta. Se trata, sobre todo, de una llamada de atención ante una situación que se puede convertir en un punto de no retorno. Aún no hemos llegado ahí, pero estamos muy cerca. O nos ponemos todos juntos a trabajar en consensuar unos mínimos que reestablezcan ese contrato social, o nos veremos abocados a una guerra de todos contra todos, tal y como apuntaba hace casi cuatro siglos Thomas Hobbes en su Leviatán.
La precariedad de las estructuras que ahora se están rompiendo viene de antaño. Son problemáticas que venimos arrastrando desde hace tiempo, acumuladas por no haber sabido tomar las decisiones valientes que corresponden a ello; decisiones que ya eran valientes hace diez años, y que ahora se han terminado por convertir en heroicas. O las tomamos ya, o se nos acaba el plazo.
Hay un efecto de esta crisis de la democracia con el que tú estás especialmente comprometida al presidir Talento para el futuro, la plataforma de empoderamiento político juvenil, que es el impacto de la precariedad —económica, política, social— en las nuevas generaciones.
El problema de la precariedad es que hemos asumido que hay ciertas etapas en tu vida en las que tienes que ser precario. Actualmente, tenemos una juventud que es precaria, precedida por una generación millennial, que antes ya fue una generación joven y precaria, y que ahora es una generación adulta y precaria. Ocurre, además, que el concepto de precariedad lo estamos utilizando tanto que sucede como con el concepto de emergencia climática, que de tanto decirlo parece que deja de tener importancia, y nada más lejos de la verdad: cada vez hay más personas que trabajan y que están en riesgo de exclusión social. En un país cuya macroeconomía no para de crecer, ese crecimiento no se siente a nivel micro, en particular, en la juventud.
Hay diferentes factores, por supuesto, y afectan a gran parte de la población de nuestro país. Nos encontramos ante la situación de que cada vez más personas son precarias. Solucionarlo no es solo una cuestión de subir salarios, que también, sino que hablemos de un cambio de percepción de la economía en la que vivimos. Criticar al sistema capitalista es muy complicado, siempre levanta un sin fin de ampollas, poner encima de la mesa que vivimos en un sistema que no es sostenible. No es sostenible vivir solamente para trabajar, que el trabajo sea todo tu mundo y que, para colmo, ese trabajo ni siquiera te permita vivir; sino, como mucho, sobrevivir. Es aquí donde está el problema.
Si realmente se quiere salvar el sistema democrático, que la democracia siga siendo el sistema en el que confiemos aunque sea imperfecto y que ese contrato social no sea un contrato abusivo, hay que darle una vuelta muy grande al mismísimo sistema en que vivimos porque son muchos los problemas que se atisban en el horizonte.
Apuntas en tu ensayo que cuando una medida no es justa ni democrática se convierte en terreno fértil para el malestar. ¿Qué herramientas de participación propones para garantizar la participación de la ciudadanía en general, y de la juventud en particular, en los procesos de decisión?
Cuando se habla de la participación de la juventud a niveles institucionales, yo siempre digo que me parece maravilloso tener en cuenta a la juventud, pero a toda la ciudadanía también. Debemos hacerlo a la hora de elaborar cualquier tipo de legislación, no al final del proceso. Si tú realmente quieres elaborar una política pública que tenga visión de futuro, tienes que llamar a las personas que van a participar de ese futuro desde el primer momento. Y eso es lo que no le gusta a nadie, porque ¿qué pasa?, que seguramente te descuadren todo lo que tú tenías en mente.
Con respecto a la participación de la juventud hoy, hay que entender las diferentes capas de la realidad para comprender por qué están o no participando. Por un lado, tenemos la sensación generalizada de inmovilismo, resultado de procesos de participación en el que se les escucha al final y como decorado para la foto. Por otro lado, las redes sociales, que durante un tiempo permitieron a los movimientos sociales organizarse de manera más rápida (Me Too, Friday for Future), en el último lustro se han convertido en un lugar hostil y desmovilizador. La juventud, al verse ya dentro de un sistema totalmente digital, se asocia cada vez menos, sea a un sindicato o una asociación de vecinos; les basta con el activismo digital, que está bien, pero no es suficiente. A eso le sumas que parece que el mundo se va a acabar todos los días, con desgracias mediatizadas por doquier… ¿Cómo quieres que la juventud participe en un proceso democráitco de cualquier tipo, sea institucional u otro, en este contexto apocalíptico?
Hay un tema también en el que tú abundas en tu ensayo, cómo la desafección viene alimentada por una falta de coherencia entre lo que se propone y lo que finalmente se hace, y cómo existe una falta de autocrítica a la hora de abordar estas cuestiones en política.
El programa electoral murió hace mucho tiempo. Hay que seguir pensando que es útil y que hay que influir en ello. Pero, claro, es sintomático ver cómo en el Congreso de los Diputados un partido que está en la oposición critica lo que hace el partido en el Gobierno cuando, si investigas y miras lo que propusieron ellos en su momento, resulta que es muy parecido a la propuesta que se discute ahora, pero cómo la están proponiendo otros, deciden no apoyarla. Es un ejemplo ilustrativo de esa falta de coherencia que se extrapola a muchas otras situaciones. Los partidos políticos tienen en estos momentos una crisis muy importante a la que hacer frente, crisis de representación y vital, pero están en lo urgente, aunque ya no sepamos muy bien qué es lo urgente. Mientras, las policrisis van alimentando la agenda de prioridades a debatir, por lo que se impone encontrar un espacio de reflexión, hacer examen de conciencia e implementar medidas estructurales que permitan a la ciudadanía seguir confiando en el sistema.
¿En qué medida las profesiones colegiadas podrían contribuir a que esos cambios estructurales que demanda nuestra sociedad se hicieran realidad?
Para mí todo lo que suponga contribuir a un debate colectivo sobre cómo mejorar nuestra sociedad me parece decisivo. En un mundo en el que todo se ha hiperindividualizado, necesitamos organizaciones como los Consejos Generales y Colegios Profesionales que garanticen que se cumplen unos códigos deontológicos, y que salga a relucir su actividad en la esfera pública. Lo veo muy importante de cara a las nuevas generaciones, que vean en los Colegios Profesionales referentes de profesiones esenciales para nuestra sociedad, aquellas que hacen que el mundo se mueva, como medicina, arquitectura, abogacía…. Como reza el dicho, «si mañana tu trabajo desapareciera, ¿se caería el mundo?». Es una pregunta que deberían hacerse quienes promueven actividades como las deinfluencer: ¿qué estás aportando a la sociedad? ¿Cuál es el impacto final de tu trabajo?
Tenemos un problema con los referentes para el futuro laboral y profesional. En tiempos de precariedad generalizada, la gente se fija en aquellas actividades que ofrecen ganar dinero de manera fácil y rápida. Esto no quiere decir que no haya jóvenes comprometidos con la medicina, la arquitectura o la abogacía, pero sí que estamos generando esa tendencia a la riqueza máxima y fácil. En este contexto, me parece importantísimo poner sobre la mesa la relevancia de las profesiones colegiadas. El concepto de profesión va mucho más allá de ganar dinero; tiene que ver con el compromiso individual y colectivo, y sin duda impacta positivamente en nuestra democracia. Puede que esta idea de la profesión se haya perdido en la inercia de estudiar bachillerato, elegir universidad y encontrar trabajo. Pero creo que estaría bien recuperarla, pensar qué supone escoger una u otra profesión, qué impacto tendrá esa elección en nuestras vidas, qué futuro estamos construyendo… juntos.
En la última parte haces honor al «alegato por lo común» que enmarca tu ensayo a partir de una serie de ejemplos que dan cuenta de cómo la «democracia participativa» no es una utopía, sino que se hace camino al andar.
Así es, me quería centrar en dar soluciones realistas y propuestas concretas que ya se están llevando a cabo en muchas partes del mundo; en lugares tan cercanos como España, o tan lejanos como México o Colombia. ¿Por qué esto es importante? Porque no podemos perdernos en la distopía del todo mal. Obviamente, hay cambios estructurales que necesitamos, pero, mientras llegan, ¿qué iniciativas encontramos que nos permitan entender esa perspectiva de lo común? ¿Cómo podemos volver a creer en lo común? Creer en lo común es tan fácil como involucrarte en una asociación de barrio, en ayudar al vecino o en preguntarte qué puedes hacer por el otro. Esto, que suena un tanto buenista, hay que reivindicarlo más. Porque, si todos creemos en lo común y no solamente unos pocos, empezaremos a presionar más a los gobiernos para que realmente cumplan con sus promesas y representen a toda la ciudadanía; y presionaremos más a esas empresas que lo único que hacen es extraer emociones a través de un algoritmo para su propio beneficio. Esta concepción colectiva se traduce en un compromiso más sólido, con un contrato social en el que todos tenemos nuestros derechos y nuestras libertades, a partir del cual centrar nuestros esfuerzos en volver a convivir, en vez de pensar solo en sobrevivir.
¿Cuál sería tu concepto ideal de común y cómo propondrías filtrar esa idea al ámbito institucional?
Iría a lo más básico: trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti en todos los ámbitos, desde la cúspide de un ministerio hasta la cajera que te atiende en el supermercado.Si siguiésemos ese mantra, más allá de cualquier ideología, otro gallo nos cantaría. Hay un filósofo, conocido por sus teorías sobre la justicia, que ha desarrollado un concepto interesante, «el velo de la ignorancia». Él proponía que, a la hora de establecer los principios que han de regir una sociedad, los responsables de semejante tarea se pusieran un velo de ignorancia que hiciera que se olvidaran de quienes eran, pero que les permitiera a su vez ser conscientes de todas las desigualdades del mundo. Al ignorar su posición social, todos ellos elaboraron unos principios de máximos para todas las personas. Siguiendo esta línea, mi propuesta es clara: construyamos una sociedad en la que protejamos el común desde esa perspectiva. Si tú eres un diputado y tienes en tus manos el rumbo legislativo de un país crea, aprueba o enmienda leyes orientadas a que se trate a los demás como te gustaría que te tratasen a ti. Con eso, creo que llegaríamos a más acuerdos. A nadie le gusta que le traten mal, o eso quiero pensar.