Entrevista a Antonio Lucio, presidente de la Fundación Conama. Realizada por Esther Plaza Alba para la revista Profesiones 223.
Este mes de febrero se han cumplido dos años de tu nombramiento como presidente de la Fundación Conama, institución a la que llevas vinculado más de dos décadas. ¿Qué balance haces de este liderazgo?
Diría que es temprano para hacer una valoración. Por mi parte, apenas estamos arrancando. Ocurre que la Fundación Conama es una organización de un recorrido muy largo, muy consolidada en sus modos de hacer, en su actividad. Lo sé bien, pues he estado involucrado con las redes de colaboradores de Conama desde hace más de veinte años, como bien apuntas.
Con respecto a la presidencia, hay una parte fundamental que es potenciar el talento y las capacidades que hay en el equipo. Justo ahora estamos en la recta final para la XVI edición del Congreso Nacional de Medio Ambiente (CONAMA), que se inaugura el próximo 30 de noviembre, y es impresionante la actividad desbordante que se lleva a cabo en los distintos grupos de trabajo y que recae sobre ese pequeñísimo equipo técnico de la Fundación Conama. Un equipo que tiene un mérito enorme, por el esfuerzo y la voluntad aplicada; también por un saber hacer encomiable, edición tras edición, no solo del Congreso, sino de las ediciones locales y otras actividades aledañas. Sin ellos no sería posible. Es debido a todo esto que me gustaría potenciar algo que está en el ADN de este equipo y de este Congreso, y es la capacidad de poder escuchar, hablar, debatir, desde posiciones distintas y plurales. Potenciarlo, también, en todo lo que tiene que ver con el mundo rural. Creo que la importancia de la agricultura y la ganadería —no estoy pensando en la economía, por supuesto, sino en el medio ambiente y la ecología— ha de estar contemplada.
En esa línea, me gustaría mencionar a un español histórico de una enorme importancia. Era conocido como Columela, escritor hispanorromano gaditano del siglo I del cual me gustaría destacar su obra De re rústica —doce libros dedicados a la agricultura— como un hito en la comprensión de las relaciones entre naturaleza, mundo rural, agricultura y ganadería. Responde a un imaginario colectivo en el que podemos reencontrarnos prácticamente casi todos. Es el caso también de Fernando González Bernáldez, el catedrático de ecología fallecido, prematuramente, en 1992. Su visión de lo que él llama la coevolución de los seres humanos y de la naturaleza interactuando responde a esa misma visión; late en todo su trabajo un imaginario similar al de Columela, que yo uniría a esa capacidad de escucha, de reflexión, de conocimiento compartido de CONAMA, con el fin de que esta pudiera ponerse al servicio del mundo rural y de sus desafíos.
En este sentido, en Unión Profesional insistimos en dar visibilidad dentro del mundo rural a su dimensión profesional, a la posibilidad de capilaridad que ofrecen las profesiones en nuestro país para surtir de servicios profesionales a toda la población, independientemente de su código postal.
La dimensión profesional es clave, y Columela la reivindica como el lugar en el que deben confluir conocimiento, capacidad de hacer y voluntad aplicada. La agricultura y la ganadería son señas de identidad de nuestro país; este año es el Año Internacional de la Trashumancia, declarado por Naciones Unidas, y todos en este país estamos orgullosos de nuestra red de vías pecuarias, que es una capital importante, lo que nos hace volver a los argumentos de González Bernáldez, quien reivindica los valores ambientales de la mesta frente a ciertas reflexiones supuestamente académicas.
En cualquier caso, la sociedad debería estar mucho más cerca del campo. Puede que no se sea muy consciente hasta qué punto el mundo urbanita, el mundo de las ciudades, aleja el campo más allá de lo físico; hablamos de fronteras mentales que trascienden el imaginario, y se traducen en dinámicas de deshumanización. Porque alejarse de la agricultura y alejarse de la ganadería es deshumanizarse, y las grandes ciudades como Madrid son las que deben hacer un esfuerzo mayor por ser imaginativas; una labor que han de desarrollar tanto las administraciones públicas como las organizaciones sociales y los medios de comunicación. Me refiero a reconstruir el vínculo con aquellos que nos proporcionan los alimentos y garantizan nuestro bienestar. La pandemia hizo evidente esta relación. Tenemos que recuperar esa conciencia de lo que implica el alimento.
Si echamos la vista atrás, este hito ambiental ya consagrado en nuestro país ha tenido que pasar por diferentes etapas, al albur de la concienciación y sensibilización de la sociedad ante la preservación del medio ambiente. Pareciera que, en estos momentos, se dieran cita corrientes diversas, algunas de ellas proclives a negar la evidencia científica. ¿Se tiene previsto abordar los orígenes y consecuencias de la desinformación climática en esta edición?
Desgraciadamente, desde que CONAMA comenzara en 1992, hemos empeorado en cuanto al entendimiento y a la concordia conseguidos en torno a lo que se considera medio ambiente. Los medios de comunicación diversos, las redes sociales y el contexto de polarización política hacen aparición ya entrado el siglo XXI, pasada la primera década, momento en el cual todo se contagia de espectáculo y estigmatización.
Como tantas otras áreas de la acción social, el medio ambiente requiere de políticas públicas, junto con la actividad del tejido productivo y de otros grupos sociales, así como de la academia y de las organizaciones sociales. En el ámbito del medio ambiente, los conocimientos son lo fundamental. Esa es la razón por la cual la base del debate y de la acción han de ser los saberes. La desinformación tiene, en ocasiones, inercias tumultuosas; otras veces, existe una intencionalidad que se nutre de una ingeniería del caos, lo que nos exige tomarnos más en serio, si cabe, la base de conocimiento compartido.
La propia idea de compartir conocimiento requiere de una reflexión sobre aquellos conocimientos obtenidos de maneras complementarias a la aplicación del método científico propiamente dicho. Por ejemplo, son necesarias ciencias sociales interactuando con las ciencias naturales, lo que me lleva de vuelta a González Bernáldez, quien insistía en la necesidad de lo interdisciplinar para que hubiera más y mejor conocimiento, y a otro personaje importante español que también incidía en esta idea, Domingo Jiménez Beltrán, primer director de la Agencia Europea de Medio Ambiente. Ayudar a la evidencia científica, permitir que las disciplinas dialoguen entre sí, y sumar otros conocimientos dispersos puede ofrecer las bases que desmonten las malas intenciones, y por qué no decirlo, también las malas tentaciones.
El lema de Conama 2026 está concentrado en una sola palabra: Hacer. ¿Es imprescindible que en temas medioambientales nos situemos ya en la acción para avanzar de manera definitiva en la mitigación y adaptación al cambio climático? ¿No vamos demasiado tarde?
Existe un exceso de focalización en lo que se conoce como agenda. Hay que darse cuenta de que, en la ciencia de la administración —aquella que estudia y sistematiza el comportamiento de las organizaciones—, la de la agenda es la fase primera de un ciclo donde se define cuáles son las necesidades y qué medidas se van a aplicar. Luego están las fases de implementación y evaluación; ambas nos permiten llegar, en última instancia, a la fase de ajuste de la agenda propuesta.
El planteamiento que se hace en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro en 1992, de lo que más adelante se acabó llamando Agendas 21 locales —planes de acción municipal basados en el desarrollo sostenible— creo que fue acertado. En el capítulo 28 del documento Naciones Unidas, que se llamó Programa 21, decía que, para avanzar en todos los objetivos planteados desde una perspectiva global, era necesario que se actuara desde las comunidades locales, entendiendo su complicidad con sectores sociales, sin dejar de primar los sectores productivos.
Las Agendas 21 locales ya daban una importancia enorme al conocimiento, cifrado en diagnósticos objetivos y, por supuesto, a los diagnósticos subjetivos, también conocidos como cualitativos, de percepción. Curiosamente, es en el momento de la implementación donde hay más ciencia por desarrollar. Lo fácil es definir medidas a priori; lo difícil es saber cómo implementarlas: requiere de ciencia y de conocimiento, y las personas nos solemos agotar en procesos. ¿Qué ocurre? Que si no hay implementación, no vas a tener nada qué evaluar ni reajustar. Es en las fases de implementación, evaluación y reajuste donde necesitas mayor participación, no tanto en el diseño de la agenda.
La cuestión está en que este tipo de análisis crítico es imprescindible hoy debido, en parte, a los niveles de frustración presentes en ciertos sectores de lo ambiental; sectores que no se ven reflejados en las políticas públicas implementadas y que echan en falta más sentido crítico respecto a cómo se está actuando. Por eso, el lema Hacer tiene que ver con la acción coordinada. No vamos a conseguir avanzar si nos centramos en actuaciones dispersas. Debemos Hacer. Debemos implementar… todos juntos.
Sin dejar de lado la implementación como proceso de pensamiento y acción, en Unión Profesional estamos materializando esa idea a través de los códigos deontológicos: una implementación de comportamientos profesionales vinculados a la preservación del medio ambiente. ¿Crees que la concienciación en el cambio de los comportamientos en nuestra sociedad es necesaria para la proyección presente y futura de esta materia en las profesiones?
Absolutamente. Me identifico con vuestra visión de la importancia de los códigos deontológicos de los profesionales para la preservación del medio ambiente. La interiorización de los profesionales respecto a sus responsabilidades, y a su lex artis, es de una importancia extrema. No se trata de que, a los requerimientos de capacitación profesional, ahora vengamos a añadirle requerimientos de lo ambiental. En el concepto de profesional está el sentido de la ética de su profesión: todo lo que implica lo ambiental forma parte de su lex artis. Un profesional no es un negociante; un profesional ejerce su profesión, no hace negocios con un título. Por eso mismo necesitamos más profesionalidad, y conciencia de profesionalidad.
La preocupación por todos los aspectos que tienen que ver con el medio ambiente es inherente a la arquitectura, a las ingenierías, a la abogacía, igual que a sus profesionales, sea este un economista, un geólogo o un médico… Asimismo, hay una productividad y una riqueza sostenida en el tiempo que se traduce en conocimiento y saber, y que forma parte del buen hacer facultativo de todo profesional. Desde mi punto de vista, tiene más importancia este elemento interiorizado como cultura profesional que muchas normas obligatorias.
CONAMA tiene su homólogo en Iberoamérica, a través del EIMA —Encuentro Iberoamericano del Medio Ambiente—, y en esta edición tiene su propio espacio. ¿Es la conexión medioambiental entre los dos lados del Atlántico inapelable para avanzar a nivel global en materia medioambiental?
Los desafíos presentes tienen una dimensión global y el modo de abordarlos es, fundamentalmente, en entornos locales, pero no solo. La gobernanza implica cooperación y coordinación. Se recupera a partir de finales de la década de los noventa en el ámbito de la gestión pública para superar el concepto formal de gobierno. Hay que entender que los gobiernos tienen competencias, procedimientos, recursos, y la gobernanza es algo más. Se podría decir que, para que tengan éxito las políticas públicas impulsadas por los gobiernos, es necesario un sistema de relaciones que tienen mucho de informal; pero, curiosamente, esa informalidad se puede articular a partir de dinámicas de colaboración, cooperación y coordinación, dependiendo de la complejidad.
El EIMA tiene un componente fundamental que es Iberoamérica. Formamos parte de una comunidad de imaginario compartido, conformado por la lengua, el vocabulario, la cultura. Estamos hablando de civilización, de bienes comunales. A mí me encantaría que hubiera mucho más conocimiento y más diálogo entre las experiencias de bienes comunales tanto de Iberoamérica como de España. Tenemos a la Nobel de Economía Elinor Ostrom —el primero de esta categoría otorgado a una mujer—, concedido precisamente por sus trabajos respecto a esa tercera vía entre la propiedad privada y lo que es bien del Estado que son los comunes, y que engloban a los propios sistemas institucionales creados en torno a la gestión de los comunes.
Para mi, el EIMA es una de las pequeñas grandes aportaciones de CONAMA en todos estos años, y en esta edición queremos darle un impulso relevante. El EIMA venía siendo, desde 1996, una iniciativa impulsada por CONAMA en colaboración con entidades iberoamericanas. Deja de ser eso y pasa a ser una iniciativa entre CONAMA y el Centro Internacional de Desarrollo Sostenible de Panamá, al menos de momento. Tenemos muchas ilusiones puestas en un proceso que arranca en el 2027 y que llega al 2030. He señalado este aspecto de los bienes comunales, pero hay otros aspectos muy importantes que tienen que ver con el medio ambiente, los recursos naturales y los grandes desafíos que tiene Iberoamérica, los cuales a su vez se ponen en contacto con la geopolítica y el interés que de repente ha generado en China, Estados Unidos y la Unión Europea.
Preguntarte en clave de patrimonio inmaterial y etnográfico, donde situamos los códigos deontológicos, y también el concepto de profesión: ¿cómo tiene que ser ese acto profesional si lo observamos desde la dimensión del trabajo y aprendizajes conjuntos, es decir, desde lo común?
Si aplicamos la perspectiva histórica, nos encontraremos con una comunidad profesional más cercana. Pensemos en la aparición de los gremios, por ejemplo, que no eran una corporación en sentido cerrado, exclusivo, sino que eran comunidades de conocimiento, solidaridad y ayuda. También son ámbitos evidentes la agricultura y la ganadería, pero ojo a la arquitectura vernácula. En todos ellos están los componentes de conocimiento y valores que articulan una cultura común. Un concepto que cada vez se maneja más es el de patrimonio biocultural para referirse a una diversidad tanto biológica como cultural, pues ambas forman de lo mismo. Se trata del saber hacer y del buen hacer; o lo que es lo mismo, el concepto ya citado del lex artis.
En un momento como el presente, en el que hay un gran escepticismo respecto a las instituciones, debido a un malestar difuso, además de unos discursos y unos relatos grandilocuentes acompañado de un gran aparato visual, debemos recuperar la atención de la población apelando a imaginarios comunes. En el caso de la agricultura y ganadería, cada vez que hablamos de etnografía, paisaje o trashumancia, estamos conectando con imaginarios en los que todos coincidimos. En el caso de las profesiones, tenemos los códigos deontológicos que no son otra cosa que imaginarios colectivos de ámbito profesional.
También están los modelos de Pacto de Estado, como el conformado en estos últimos tiempos frente a la emergencia climática, que tiene buenas intenciones y por eso debemos apoyarlo desde las instituciones, aunque antes abogaría por un Pacto de Estado por la ganadería extensiva así como un Pacto de Estado por el transporte público, un común imprescindible en el que hemos retrocedido mucho.
¿Cuán importante es repensar la divulgación medio ambiental en estos tiempos repletos de estímulos?
El pedagogo Giner de los Ríos recomendaba salir al campo a pasear con prudencia y humildad. El contacto con la naturaleza permite mirar, aprender y educamos unos a otros; aprender unos de otros. Recuperar la buena práctica de organizar seminarios que permitan dialogar paseando. Y dibujar. Si he de plantear otras maneras de repensar la divulgación ambiental, mi recomendación sería salir de paseo a observar e ir siempre acompañado de un cuaderno, que además puede ser colectivo, y que te permita desarrollar la compleja habilidad de dibujar.