«Hemos de reivindicar la ciencia como parte fundamental de la cultura»

Entrevista a Eva Villaver, astrofísica. Profesora de investigación y, desde 2024, subdirectora del Instituto de Astrofísica de Canarias.

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La revista Profesiones entrevista a Eva Villaver, astrofísica y profesora de investigación. Subdirectora del Instituto de Astrofísica de Canarias.

Entrevista de Elisa McCausland y Esther Plaza Alba.

PREGUNTA: Que la ciencia es cultura es una realidad que todavía hoy se encuentra con resistencias considerables a la hora de ser concebida como tal por nuestra sociedad. ¿A qué crees que es debido?

RESPUESTA: Nos han enseñado a separar «ciencias» y «humanidades» como si fueran dos mundos distintos, y esa división puede transmitir una idea engañosa: que la cultura está de un lado (arte, letras) y la ciencia es «otra cosa», casi ajena a lo humano. Hay que reivindicar la ciencia como parte fundamental de la cultura, no solo porque la hacen personas sino porque transforma la manera en que entendemos y habitamos el mundo. 

P: La cultura popular y la ciencia ficción, sin ir más lejos, han estimulado en los últimos dos siglos la curiosidad y la imaginación de gran parte de la comunidad científica, hasta el punto de que los llamados estudios de futuro, que especulan a partir de premisas propias de la ciencia ficción, se han introducido en las políticas públicas. ¿Qué importancia le das al pensamiento especulativo en tu ámbito profesional?

R: En mi ámbito, el pensamiento especulativo es importante, pero con un matiz: sirve sobre todo como punto de partida, no como punto de llegada. Bien entendido, especular ayuda a explorar escenarios, plantear preguntas, a imaginar alternativas y a explorar conexiones.

Iría incluso un paso más allá: a la extrañeza que a veces provoca pensar la ciencia como una forma de cultura se suma otra, relacionada con la creatividad. Solemos asociar la creatividad al arte o a «otras» expresiones culturales, pero rara vez a la ciencia. Y, sin embargo, la creatividad es una pieza central del trabajo investigador; hace falta para formular buenas preguntas, plantear hipótesis, diseñar experimentos y construir modelos que den sentido a lo que observamos. Como toda actividad humana, ese punto de partida tiene un componente inevitablemente subjetivo: elegimos qué problemas nos importan y las soluciones que parecen más factibles. 

Es sorprendente la cantidad de problemas que ha resuelto la ciencia inspirada por planteamientos que surgen de la ciencia ficción. La diferencia es que, en ciencia, esa imaginación pasa por un filtro constante: el método científico que obliga a justificar, contrastar, repetir y someter tus ideas a crítica. En ese equilibrio entre imaginar y comprobar es donde la especulación se vuelve realmente útil: no como fantasía libre, sino como una forma de generar preguntas que luego se pueden poner a prueba. Por eso, cuando se aplica a políticas públicas —como en los estudios de futuro—, aporta valor si ayuda a pensar escenarios y prepararse, siempre que esté bien clara la diferencia entre la posibilidad y la certeza.

P: Circunscribiéndonos al tema profesional, nos gustaría preguntarte por las expectativas que se tienen en el ámbito astrofísico y aeroespacial ante la próxima Ley de Actividades Espaciales.

R: El acceso a un cielo nocturno oscuro y silencioso —libre de interferencias en radio— tiene un valor cultural intrínseco y es, además, una condición esencial para el progreso científico. Hoy, las grandes constelaciones de satélites en órbita baja y sus transmisiones de radio amenazan ese patrimonio común: aumentan la contaminación lumínica y radioeléctrica, alteran la vida de ecosistemas y complican de forma creciente el trabajo en observatorios terrestres, donde las trazas de satélites ya afectan a una fracción sustancial de las observaciones, especialmente en el crepúsculo. 

En España este problema es especialmente sensible, porque en las Islas Canarias —en particular en la isla de La Palma— se encuentra uno de los observatorios terrestres más importantes del mundo y el principal emplazamiento astronómico en suelo europeo. Por eso, en el ámbito astrofísico se espera que la próxima Ley de Actividades Espaciales en España incluya salvaguardas explícitas para la protección del cielo oscuro con requisitos de mitigación. Lo cual no está reñido con las necesidades desde el sector aeroespacial. Sin frenar la actividad es necesario que la ley fije reglas operativas claras —límites de brillo, datos orbitales precisos, planes de mitigación y de fin de vida— para compatibilizar el crecimiento con la protección de la ciencia y de las infraestructuras científicas singulares que tenemos en España.

P: Las tormentas solares están de actualidad, llegando incluso a insinuarse que una de ellas fue la responsable del apagón eléctrico del pasado mes de abril… ¿Hasta qué punto es necesario estar prevenidos y por qué se habla de este fenómeno con mayor asiduidad?

R: Tiene sentido estar prevenidos porque hoy somos mucho más dependientes de tecnologías vulnerables al «tiempo espacial»—satélites, GPS, comunicaciones, redes eléctricas—, pero hay que hacerlo sin alarmismo.  Tras el gran apagón de abril de 2025 circularon rumores de que había sido una tormenta solar, pero en ese momento no había indicios de una tormenta geomagnética que explicara el fallo y, de hecho, se señaló que la causa seguía en investigación y que ese vínculo era más bien desinformación.

Se habla más de tormentas solares últimamente por dos razones muy sencillas. La primera ya la he mencionado, nuestras sociedades dependen de tecnologías sensibles al tiempo espacial. La segunda es porque estamos atravesando una fase especialmente activa del ciclo solar, cuando aumenta la probabilidad de que el Sol libere grandes cantidades de energía y partículas cargadas. Al interactuar con el campo magnético terrestre, estos episodios energéticos en el Sol pueden provocar desde auroras visibles a latitudes inusuales como perturbaciones geomagnéticas. Aquí lo importante es estar preparados con buenos sistemas de monitorización y alertas, planes operativos tanto para satélites como para la aviación, y protocolos en operadores eléctricos para mitigar la posibilidad de sobrecarga de la red por corrientes geomagnéticas en eventos severos.

P: ¿Qué puedes decirnos de la posibilidad de que Observatorio de La Palma pueda albergar el Telescopio de Treinta Metros (TMT, por sus siglas en inglés: Thirty Meter Telescope), el telescopio más potente de la Tierra?

R: En los últimos meses, el «tema TMT–La Palma» ha dejado de ser una simple alternativa sobre el papel para convertirse en una opción con peso político y científico real. El Gobierno español puso sobre la mesa una posible aportación de hasta 400 M€ (via CDTI) si el TMT se instalara en el Observatorio del Roque de los Muchachos, y el consorcio del TMT reconoció públicamente que estaba valorando esa propuesta, aunque sin cerrar todavía la decisión sobre Hawái. A partir de ahí, la opción en Canarias ha ido ganando impulso. Como señal adicional de que la vía europea se está explorando en serio, el Banco Europeo de Inversiones anunció apoyo de asesoramiento al Instituto de Astrofísica de Canarias para ayudar a estructurar el proyecto financiero. Es importante recalcar el gran impacto económico, ligado a la ciencia, que tendría un proyecto como el TMT en una región europea ultraperiférica como es la isla de La Palma.

Además, en la comunidad astronómica se está consolidando una idea muy clara: para la ciencia de las próximas décadas hace falta un telescopio extremadamente grande (30–40 m) en el hemisferio norte. En una serie reciente de artículos liderados por investigadores españoles y con participación internacionalse insiste precisamente en esa necesidad y subraya la contribución singular que podría aportar el TMT a la astronomía mundial. Hay descubrimientos que dependen críticamente del acceso al cielo norte, donde se encuentran regiones clave de formación estelar, cúmulos cercanos y ciertos fenómenos transitorios que no pueden estudiarse bien solo desde el hemisferio sur. Un telescopio como el TMT en La Palma abriría una ventana única para avances transformadores en el estudio del sistema solar, la formación de estrellas y planetas, evolución de galaxias, el origen del cosmos y la física de los eventos más energéticos del universo.

P: El gran acontecimiento de este año está siendo el paso por el sistema solar del cometa 3I/ATLAS. ¿Cuáles son las principales investigaciones que se están llevando a cabo y qué podemos aprender de sus características?

R: Aquí lo importante es entender el contexto. Los planetas se forman a partir de cuerpos pequeños, los planetesimales, que van chocando y uniéndose para crear objetos cada vez más grandes. En las primeras etapas, dentro de los discos protoplanetarios que rodean a las estrellas jóvenes, el proceso es especialmente desordenado: las perturbaciones gravitatorias causadas por planetas o protoplanetas pueden desviar esos planetesimales y expulsar parte de ellos al espacio interestelar.

Y este es el contexto de la existencia de esos visitantes interestelares. 3I/ATLAS es el tercero que nos visita. Ya antes pasaron por el sistema solar 1I/Oumuamua y 2I/Borisov. Estos objetos, que vienen de otros sistemas planetarios, nos permiten confirmar que la formación planetaria no es completamente eficiente y, además, ofrece una oportunidad única para entender cuántos cuerpos rocosos existen en el medio entre estrellas. 

Este lanzamiento de cuerpos pequeños hacia los confines del espacio entre estrellas también ocurrió en nuestro propio sistema solar. Durante los primeros diez millones de años desde su formación, la que conocemos como nube de Oort pudo alimentarse con planetesimales dispersados desde regiones internas —donde están los planetas como Marte o la Tierra—, mientras que una fracción muy grande del material perturbado gravitatoriamente, quizá hasta un 85%, habría acabado eyectada al espacio interestelar. En nuestro sistema solar, con el tiempo, nuevas perturbaciones gravitatorias, ya sea por interacciones con los planetas o por resonancias dinámicas, han ido vaciando progresivamente los cinturones de asteroides y de Kuiper, dejándolos muy por debajo de su masa primordial y expulsando de forma continua objetos hacia el espacio exterior. 

P: ¿Qué verosimilitud se le está dando desde las instituciones aeroespaciales a las hipótesis, con el astrofísico Avi Loeb a la cabeza, sobre que dicho cometa pueda estar relacionado una inteligencia superior y extraterrestre?

R: Ninguna. Avi Loeb insiste en que 3I/ATLAS se comporta de forma rara y que podría ser una nave alienígena, llegando a hablar de algo así como un 40% de posibilidades. Lo que dice hay que cogerlo con pinzas; siempre lo utiliza de tal modo que, en caso de duda, puede escudarse en el «yo solo lo planteo». Al final, el sesgo de autoridad hace que la gente se lo tome en serio (o se asuste), y como resultado él se lleva más minutos en la televisión.

3I/ATLAS es, en esencia, un cometa interestelar: un objeto que viene de otro sistema planetario y que, al acercarse al Sol, se comporta como se espera de un cometa, formando coma y cola con gases típicos, brillando y evolucionando a medida que se calienta. Aunque Avi Loeb lo presenta como anómalo, y llega a sugerir que podría ser una nave alienígena, ninguno de sus argumentos se sostienen como «rarezas», sino que entran dentro de lo normal en el comportamiento de cometas; más aún siendo interestelar.

P: ¿Qué se espera aprender de dicho asteroide en el momento que se acerque más a la Tierra, este 19 de diciembre?

R: Con 3I/ATLAS, los equipos científicos estamos haciendo básicamente tres cosas: primero, determinar con precisión su órbita para confirmar su origen interestelar y reconstruir por dónde entró y cómo saldrá del sistema solar; segundo, seguir su actividad —coma, colas y chorros— para entender cómo responde al calentamiento solar y qué nos dice eso sobre su rotación y estructura; y tercero, medir su composición mediante espectroscopía —gases y polvo— para compararla con la de los cometas del sistema solar y comprobar si se parece a lo que conocemos o si apunta a condiciones de formación distintas alrededor de otra estrella. Lo que podemos aprender es enorme: desde cómo son los materiales más primitivos de otros sistemas planetarios, hasta cuánta materia se expulsa al espacio interestelar durante la formación de planetas y, con el tiempo, cuán común es esta población de visitantes, porque cada nuevo objeto interestelar nos acerca a pasar de casos aislados a una estadística real.

P: El Gobierno creó una comisión interministerial para la organización nacional ante un fenómeno astronómico extraordinario: el trío de eclipses en los próximos tres años. ¿Consideras que debería haber también implicación de la sociedad civil organizada, por ejemplo, de las corporaciones colegiales?

R: Sí, debería implicarse también la sociedad civil organizada —incluidas las corporaciones colegiales—, porque un eclipse no es solo un asunto astronómico: afecta a la salud pública, la seguridad y la movilidad. También se puede hacer mucha comunicación científica. Los colegios profesionales pueden ayudar a difundir información fiable —por ejemplo, sobre protección ocular—, coordinar redes locales y voluntariado, y aportar criterio técnico para planes de accesos, aforos y emergencias. En conjunto, todo suma para mejorar la preparación y reducir riesgos.

P: En este sentido, si traemos la fecha de 12 de agosto del 2026 a la conversación, ¿te dice algo astronómicamente?

R: Sé dónde quiero estar y a qué hora. Mi consejo es que dejéis ahora mismo lo que estéis haciendo y os busquéis donde podéis verlo en la franja de totalidad. Yo estaré en Palencia donde el máximo del eclipse total es a las 20:29:54 y durará un minuto y cuarenta segundos. Si no habéis visto nunca un eclipse total, os aseguro que esos apenas dos minutos de vuestra vida merecerán la pena.

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