«Ser un buen profesional y ser un buen ciudadano son cualidades complementarias»

Entrevista a Javier Gomá, filósofo escritor y ensayista.

Compartir

La revista Profesiones entrevista a Javier Gomá, escritor, filósofo y ensayista, que acaba de publicar en la editorial Galaxia Gutenberg Fuera de carta: Degustaciones filosóficas.

Entrevista de Elisa McCausland.

PREGUNTA: Pareciera que esta última década hayas estado especialmente enfocado en hacer llegar la mirada del filósofo, tu mirada, a la sociedad; un pensamiento en marcha que tiene mucho de manera de estar en el mundo, y que ha adoptado distintas estrategias con el ánimo de llegar a diferentes públicos. 

RESPUESTA: Es cierto esto que apuntas, y no había caído en ello hasta ahora. Siempre que hago una presentación o intervengo en algún medio, insisto en el carácter mundano de la filosofía por esto mismo que dices. Cuando publiqué mi primer libro, que es comparativamente tardío, Imitación y experiencia (2014), el primero de mi Tetralogía de la ejemplaridad, creo que tenía una mentalidad y un ánimo un poco clásicos: escribir libros que fueran una contribución a la altura de la visión y, como suelo decir, de la intensidad del sentimiento que albergo cuando concibo algo. 

Pero, ya en mi primer libro de ensayos, que se llama Ingenuidad aprendida (2011), encontramos un texto titulado Ensayo de filosofía mundana, y cuando reuní mis colaboraciones en El País, que abarcaron más o menos desde 2010 a 2013, lo titulé Filosofía Mundana (2016). Y en la introducción de algún libro previo —Razón: portería (2014) o Todo a mil (2014), no recuerdo—  ya exponía lo que yo llamaba el «test del café», que se resume en lo siguiente: si tienes una idea que te parece muy brillante, y no se la puedes comentar de manera convincente a un amigo en el curso de un café, no es tan buena idea. Este test lo llamaría más adelante «test de mundanidad». 

En estos últimos diez, quince años, he puesto mucho más acento en qué entiendo por filosofía mundana, pero también es cierto que la genealogía de esa intensidad ya tiene su cierta historia, y algunas consideraciones. La primera es que considero que la filosofía es literatura, pero con una mentalidad posmoderna y retórica de que la verdad de la filosofía se diluye en mera literatura, como si estuviéramos relativizando la importancia o incluso el carácter específico de la filosofía. No digo eso. Lo que afirmo es que la filosofía es un género literario muy importante que se distingue por ser una literatura conceptual y, por tanto, eso la hace distinta de los géneros narrativo, dramático, poético, o teatral. 

P: ¿Por qué es la filosofía, a tu juicio, un género literario? ¿Qué relación tiene con lo mundano?

R: Es un género literario porque, a diferencia de la ciencia —la otra disciplina a la que la filosofía siempre ha querido parecerse—, la literatura no se verifica, solamente cuenta con la fuerza del consenso. Y en eso se asemeja a la literatura en general, una creación humana muy mundana. Lo esperable es que una novela, una obra de teatro o un poema los pueda disfrutar cualquiera, no un grupo iniciado de personas que llevan bata blanca y dominan una jerga determinada. 

La otra cuestión que a mí me importa muchísimo en torno a lo mundano es la oralidad. Mi libro Ejemplaridad pública (2019), contenía un capítulo, titulado Sobre un arte público, que llamaba la atención a propósito de cuán importante es recuperar la oralidad. Siempre que te expresas oralmente sigues la consigna horaciana del instruir deleitando, y esto es debido a que estás delante del destinatario de tu mensaje, para el cual adaptas el mensaje. O dicho de otra manera, en lo oral el destinatario adquiere un protagonismo. No es el emisor quien importa, sino el receptor. 

El tercer punto, que he ido elaborando poco a poco, es la idea de que si hablamos de una filosofía mundana, el filósofo es sobre todo el lector, no sólo el escritor. Todo el mundo filosofa, al fin y al cabo: la vida humana es vida interpretada, y la interpretación es genuinamente filosófica. Si tú aceptas que el filósofo primero son el hombre y la mujer normales, y el filósofo segundo es el escritor de libros, eso señala una dirección al escritor de libros. Y es que has de escribir libros que ayuden a vivir al filósofo primero. En la obra de teatro derivada este mismo año de mi recopilación de artículos para El País, Filosofía mundana, he insistido en repetir que el autor del texto teatral no es el filósofo, ni el director, ni los actores; es el público. Me siento además una persona especialmente consciente de que, a cada hombre y a cada mujer les pasa algo, y ese algo que les pasa es mayor que ellos mismos. Por tanto, tienen una interpretación pero también tienen un problema, y ese problema les trasciende y les hace ávidos de explicaciones. Es por ello que el escritor de libros debe atender a ese filósofo primero que interpreta y tiene un problema.

P: El hecho de que Fuera de carta, tu último libro, sea un recopilatorio de artículos publicados en prensa cultural, nos habla de un pensamiento filosófico ligado a la actualidad, a la vez que trabajas en otros proyectos de largo recorrido. ¿Cómo dialogan en lo creativo ambos caminos?

R: La actualidad es lo que te tiene en vilo una temporada y realidad es lo que, en cambio, te tiene en vilo toda la vida. Curiosamente, aún habiendo escrito para El País, El Cultural o ahora El Mundo, no me veo tanto como un comentarista de la actualidad. Más bien utilizo el periodismo como herramienta, como test de mundanidad de mis propuestas filosóficas. Es decir, si Kant no es capaz de decir exactamente qué es lo que pretendía con sus tres críticas en el curso de un café, al final eso es una logomaquia, una pelea con los conceptos, pero no hay realidad. Y yo creo que Kant sí podría hacerlo, y yo podría hacerlo por Kant. 

Lo mismo me ocurre con el teatro, e igual me pasa con la radio. Las columnas periodísticas, por ejemplo, tienen algo de test del café. Si no puedo decir algo bien dicho en 630 palabras, el problema lo tengo yo. Por otra parte, cuando me invitan a colaborar en un periódico y acepto, lo imagino como una especie de novela por entregas, como las del siglo XIX de Dickens o Dostoievski, de tal manera que me tomo cada artículo como el capítulo de un libro. Es una columna en un medio de comunicación, pero también es un libro por entregas. 

P: Precisamente, hay un momento en el prólogo donde hablas de ahorrarle tiempo al lector, con todos los retos que supone para quien decide hacer sencillo, que no simple, lo complejo. 

R: Mi colaboración actual en El Mundo es de 150 palabras. Publiqué hace un tiempo un texto que se llama Breverías, y que abunda en esto que comentas. Primero, hay que tener las ideas claras. Si no, es muy difícil ser breve. Y segundo, hay que tomarse la molestia, o el trabajo, de dedicarle tiempo a comunicar tus ideas de forma breve para así ahorrárselo al lector. Yo lo veo como una forma de cortesía.

P: Entiendo que en ese afán comunicativo reside también tu apuesta por el teatro; no solo de escribir teatro, sino de verlo encarnado. A partir de esa performatividad se establece un diálogo más intenso con el público que aquel que pueden procurar los libros o los artículos. ¿Puede ser?

R: El teatro tiene que ver con la oralidad, como te decía. Tal y como sostengo en el libro que estoy escribiendo ahora, la oralidad es la gran prueba de la filosofía. Se llama Introducción a la filosofía, y estoy muy entusiasmado con este encargo. En él recojo cómo lo primero es la interpretación natural; lo segundo, la oralidad; solo en tercer lugar, los libros. Y cuando lo pones en tercer lugar, está condicionado claramente a satisfacer el momento segundo y el momento primero. 

Como ya hemos hablado, desde Ejemplaridad pública tengo muy presente la importancia del momento oral. A su vez, he tenido una experiencia muy intensa como conferenciante, acto performativo en sí mismo, donde el orador tiene la obligación de devolver con intereses ese préstamo colectivo que es la atención. Entonces, el teatro en realidad es una intensificación de todo eso; concretamente, una intensificación de esa prueba de la filosofía que es la oralidad. 

Filosofía como oralidad y teatro como oralidad están muy cerca. Hay una transición ahí que a mí me parece bastante orgánica. Ahora bien, lo natural era que una persona como yo escribiera teatro, y he escrito varias obras, tres de ellas reunidas en un libro que se llama Un hombre de cincuenta años (2021). Lo que, en cambio, es atípico, y una clara anomalía es que Luis Luque, un director de teatro, diga «voy a hacer una obra de teatro de un texto tuyo de filosofía», y de ahí surge la obra Filosofía mundana, que no es una una visualización de los ensayos, es teatro puro y duro; una experiencia que produce emoción en escena, con cuerpos y con palabra.

P: Tu corpus filosófico está ligado a la exploración del concepto de ejemplaridad, una idea que surge en la juventud y que has ido desarrollando a lo largo de los años. Las profesiones colegiadas han estado atentas a este concepto, hasta el punto de que el que fuera presidente de Unión Profesional, Jordi Ludevid, dialoga en Una ciudad de profesiones(2021) con tu propuesta filosófica. 

R: Hace no mucho hice una conferencia, que luego publiqué, con dos conceptos que a mí me interesan mucho y que probablemente en su origen remoto tiene que ver con Unión Profesional, y, bueno, con mi propia vida, porque en Aquiles en el gineceo (2004), abordé una cuestión que salió a colación cuando presenté el libro de Jordi Ludevid. Hablaba de la especialización del corazón y del oficio, del momento en el que eliges a la persona con quien fundar una casa y el oficio como un elemento de la formación personal. 

En la conferencia que te comentaba,, que luego he ido retomando en varias circunstancias, distingo entre ser un buen profesional y ser un buen ciudadano como cualidades complementarias. Las dos grandes funciones de la educación, ya sea reglada o la educación de la familia o la educación cívica, son crear profesionales, entendiendo por profesional alguien que domina un oficio y es capaz de dar una prestación por la que se gana la vida. Teniendo muy presente cómo Jordi recalca cuán importante es una sociedad compuesta por buenos profesionales, lo que planteo es imaginar una sociedad donde todo el mundo es muy buen profesional; no solamente en sentido técnico, sino incluso vocacional. Me refiero a buenos profesionales que dominen su oficio en todas sus facetas, no solamente de acuerdo a la lex artis, sino también al deber ser moral y profesional. De ahí se deduce la segunda vertiente de la ejemplaridad, y espero con ello responder a tu pregunta, que es hacer ciudadanos. ¿Qué entendemos por hacer ciudadanos? Formar gente consciente de su dignidad y de la dignidad ajena.

La dignidad la defino varias veces, siendo una de ellas «aquella excelencia que todos poseemos en virtud de la cual uno mismo es acreedor y el resto de la humanidad deudora». ¿Deudora de qué? De un respeto. Por eso, como ciudadano, has de formarte en la convicción del respeto que se te debe y que tú debes. Si lo combinas con que, además, eres un buen profesional en lo tuyo —no solamente porque domines la lex artis, sino porque eres ejemplar en tu profesión—, eso sería, en mi opinión, la educación integral y la personalidad más completa que existen.

P: Recoges en uno de tus artículos, acompañado por Aristóteles en tus meditaciones, que la acumulación del conocimiento reglado no es tan importante como la educación del corazón, una reflexión que relacionaba con otro de tus textos, donde planteas ciertas tensiones —el negocio y el ocio; el precio y la dignidad — entre ser profesional y ciudadano hoy. 

R: Parto de la idea de Max Scheler, que repito muchas veces, de que el amante está antes que el pensador y, en consecuencia, la educación del corazón es más importante que la educación de las ideas. Aristóteles, una de las grandes inteligencias de la historia, veía natural, evidente, la esclavitud o que la mujer fuera considerada inferior al hombre. No profundizó en ello; era una evidencia que todo el mundo compartía por entonces. 

La evidencia es siempre sentimental. Es algo que tú sientes sin necesidad de pensar. Es por ello que lo más importante es educar las evidencias. Si queremos que la gente piense bien, cuidemos sus evidencias sentimentales, de ahí la importancia de educar el corazón. Si un hombre, o una mujer, es inteligentísimo, ha leído todo lo susceptible de ser leído, tiene muchos títulos universitarios, ha hecho muchos masters…, pero no ha educado el corazón, lo más probable es que piense barbaridades.

P: De un tiempo a esta parte, te has sumado a una apología de la vulgarización que también están abordando otros filósofos, como Jean Serroy y Gilles Lipovetsky en La nueva era del kitsch, o Jay David Bolter en La plenitud digital: El ocaso de la cultura de élite. ¿Qué análisis haces del momento presente y posibilidades de proyección futura a partir de aquí?

R: He dividido la historia de la cultura en tres momentos. El primero, el más longevo, definido por la minoría selecta. El segundo, el momento en el que nos encontramos actualmente, definido por la mayoría vulgar. El tercero, aquel momento que entenderemos se dará algún día y que tendrá rasgos de la primera época y rasgos de la segunda: de la primera, que es selecta, y de la segunda, que es mayoritaria, y que sintetizará una «mayoría selecta», que es el título de mi columna de los domingos en El Mundo. Dicho lo cual, esto significa que estoy totalmente a favor de pasar de la minoría a la mayoría, es decir, de una cultura elitista a una cultura igualitaria y, por tanto, considero que la mayoría vulgar es moralmente superior a la minoría selecta. Lo aplaudo y me reconforta, aún cuando la vulgaridad ofende el buen gusto.

Uno puede pensar «¡Qué tiempo tan vulgar vivimos!, ¡qué asco!» Y, sin embargo, esa vulgaridad representa un progreso moral y civilizatorio objetivo, porque es pasar de los pocos a todos. Lo que ocurre es que cuando la mayoría, o la totalidad que se siente igual, es libre y sin educación, lo que produce es una vulgaridad que defino como espontaneidad no educada. Mucho de lo que ocurre y mucho de lo que veo creo que es muy vulgar y me ofende el buen gusto, pero lo prefiero, aunque no lo parezca, al elitismo anterior. Curiosamente, el desarrollo de las tecnologías tiene una cosa muy buena y es que, a diferencia de la minoría selecta, donde solo un pequeño grupo de personas tenían perfil reconocible e identidad, hoy día basta con conectarte a Internet para que cualquier persona del mundo pueda tener su propio perfil, y eso es maravilloso. Entonces, ¿a favor de la igualdad? Incondicionalmente. ¿A favor de la tecnología? Incondicionalmente. Estoy a favor de la vulgaridad como progreso provisional. Confiemos en que, algún día, se reforme en dirección a una mayoría selecta, que es mi ideal.

P: Cerramos, entonces, con otra apología, la de la elegancia…

R: Exactamente. Elegancia en el sentido estético, pero, sobre todo, en el sentido etimológico de saber elegir. Y saber elegir significa comprender que ser libres es el presupuesto de la ética, pero no es la ética misma, porque la ética misma no es solamente ser libres, sino saber elegir con la libertad que se tiene, y ese saber elegir es ser libre. Hemos de ser elegantes eligiendo bien.

CONTACTO

Dirección:

Paseo General Martínez Campos, 15 – 2º derecha. CP 28010 Madrid – España.

Teléfono

(+34) 91 578 42 38

Correo electrónico

CANAL PROFESIONES

Búscanos cómo Unión Profesional y disfruta nuestro contenido

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.